No se cayó sólo, hubo que derribarlo a martillazos. Recuerdo aún aquel 9 de Noviembre de 1.989 como si fuera hoy, a pesar de que no era totalmente consciente de que aquello era un momento que estaba cambiando completamente la Historia. Tenía 12 años entonces y, aparte de ser muy joven y no estar muy conectado al resto del mundo, como aún no había internet, solo existían dos cadenas de televisión y a la cama me iba siempre muy temprano (no como ahora), me enteré a la mañana siguiente, antes de ir al colegio, al comentarlo mis padres. Aquello era algo impensable varias semanas antes. El de la República Democrática Alemana era el régimen comunista no sólo más despiadado sino también el más sólido de todos los de Europa del Este. Unos pocos años atrás, no solamente el de la RDA, sino todos los situados tras el Telón de Acero parecían que perdurarían inalterables por décadas. Sin embargo, la presión en la calle de los alemanes orientales y la retirada del apoyo por parte de la URSS hizo que aquella dictadura se diluyera como un azucarillo en cuestión de horas.Años antes, tras la nefasta era de Jimmy Carter, que llevó al totalitarismo soviético a su momento de mayor plenitud a finales de los 70, las elecciones de Margaret Thatcher (1.979) y Ronald Reagan (1.981) pusieron freno a la expansión comunista. También es digno reconocer la influencia de la de Juan Pablo II, alguien que vivió tanto las atrocidades de la invasión y la ocupación nazi de Polonia como las del régimen comunista. Su postura de oponerse al totalitarismo, frente a los que propugnaban el apaciguamiento, comenzó a abrir las primeras grietas en el Telón de Acero. Muchos tacharon a Reagan de insensato cuando pronosticó que el sistema soviético estaba a punto de colapsar o de extremista cuando calificó a la URSS como "el imperio del mal" (más bien la traducción hubiera sido "imperio diabólico", "evil empire"). Ronald Reagan estaba totalmente convencido de la superioridad moral y material del mundo libre sobre la Unión Soviética y el totalitarismo comunista, con el cual no había que resignarse a "coexistir", sino derrotarlo. "Mi teoría de la Guerra Fría es que nosotros ganamos y ellos pierden", dijo en 1977. Esta idea le hizo ganarse el odio de la intelectualidad de izquierdas, y de parte de la izquierda política también, más partidaria de la "distensión" y de negar los desmanes de los regímenes comunistas, considerando que detrás del Muro se estaba construyendo la Utopía. Pero no fue Reagan el único artífice. No hay que olvidar a los ciudadanos de la extinta Alemania Oriental y a los de otros países del Este de Europa que dijeron no al comunismo que padecían. El 19 de agosto de 1.989 se produjo el acontecimiento que terminó por herir de muerte al régimen germano-oriental de Erich Honecker: el picnic paneuropeo. Aquel día, en las colinas de Sopronkohida, Hungría, cientos de alemanes del Este, que se encontraban de vacaciones en el país magiar, planearon cómo llegar por sus propios pasos a Austria. Hungría estaba comenzando tímidamente a abandonar el comunismo (dos meses después el Partido Comunista Hungaro se reconvirtió en socialdemócrata, renunciando al marxismo) y los alemanes veían un rayo de esperanza para poder escapar de la RDA. A las dos semanas, 60.000 alemanes orientales se aglomeraban en improvisados campos de refugiados, aunque oficialmente estaban de vacaciones. Hungría desmontó, con permiso soviético, la vigilancia electrónica a lo largo de la frontera con Austria: el camino a la libertad iba a estar abierto dentro de poco.Honecker montó en cólera. No en vano, casi toda la historia de la RDA fue una lucha permanente por taponar todas las vías a través de las cuales sus ciudadanos pudieran fugarse a Occidente. A la desesperada, Alemania Oriental prohibió el paso a Hungría, a lo que este país respondió abriendo definitivamente sus fronteras de su país con Occidente (algo acordado en secreto con el canciller de la República Federal Alemana, Helmut Kohl). El movimiento se extendió a Checoslovaquia, donde miles de alemanes orientales (también, oficialmente, de vacaciones) atestaban la embajada de Alemania Occidental en Praga, al igual que ocurría en Budapest. Hasta 250.000 llegó el número de refugiados. El 30 de septiembre, la Alemania Federal otorgó la nacionalidad occidental a esos refugiados.El Muro fue derribado en la noche del jueves, 9 de noviembre, al viernes, 10 de noviembre, 28 años más tarde de su construcción. Hacia octubre de 1.989 las manifestaciones en contra del gobierno de Alemania Oriental eran ya masivas. Erich Honecker sabía muy bien que el comunismo sólo se podía mantener mediante la fuerza (China había sido un buen ejemplo meses antes) y cuando supo que Gorbachov no iba a mandar al Ejército Rojo a sofocar las protestas cayo en la cuenta de que se había quedado sin poder real. Gorbachov, hay que recordar, era un ingenuo que pensaba que el sistema comunista era reformable y posible de mantener perdurable mediante el convencimiento en lugar de mediante la coacción. El comunismo era, para el líder soviético, bueno por naturaleza. Simplemente había que convencer a la población soviética y a las de las democracias populares de sus bondades (así nació la "perestroika" y la "glasnost"). Por este mismo motivo, no movió ni un dedo ante los acontecimientos que se produjeron en 1.989 en Europa del Este.El dictador germano-oriental renunció a su cargo el 18 de octubre de 1.989, siendo reemplazado por Egon Krenz pocos días más tarde. El nuevo gobierno comprendió que el proceso era irreversible. A las 18:57 horas del día 9 de noviembre, el miembro del Politburó del Partido Socialista Unificado (SED), que durante 40 años había mantenido el monopolio del poder en la RDA, Günter Schabowski anunció que todas las restricciones de paso del Berlín Este al Oeste habían sido retiradas. Decenas de miles de personas fueron inmediatamente al muro, donde los guardas fronterizos abrieron los puntos de acceso permitiendo el paso. Schabowski leyó un proyecto de ley del consejo de ministros que tenía delante: "Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin la presentación de un justificante — motivo de viaje o lugar de residencia. Las autorizaciones serán emitidas sin demora. Se ha difundido una circular a este respecto. Los departamentos de la Policía Popular responsables de los visados y del registro del domicilio han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje, sin que las condiciones actualmente en vigor deban cumplirse. Los viajes de duración permanente pueden hacerse en todo puesto fronterizo con la RFA". A la pregunta de un periodista italiano: "¿Cuándo entrará en vigor?", Schabowski, hojeando sus notas contestó: "En cuanto lo diga — inmediatamente".
Gracias a los anuncios de las radios y televisiones de la RFA y Berlín Oeste bajo el título "¡El Muro está abierto!", muchos miles de berlineses del Este se presentaron en los puestos de control y exigieron pasar al otro lado. En esos momentos, ni las tropas de control de fronteras ni los funcionarios del ministerio encargados de regularlas estaban informados. Sin una orden concreta, sino bajo la presión de la gente, el punto de control de Bornholmerstrasse se abrió a las 23:00, seguido de otros puntos de paso, tanto en Berlín como en la frontera con la RFA. Muchos telespectadores se pusieron en camino. A pesar de todo, la verdadera avalancha tuvo lugar a la mañana siguiente. Muchos durmieron toda la noche para asistir a la apertura de la frontera a la mañana siguiente, 10 de noviembre.
Los ciudadanos de la RDA fueron recibidos con entusiasmo por la población de Berlín Oeste. La mayoría de los bares cercanos al muro daban cerveza gratis y los desconocidos se abrazaban entre sí. En la euforia de esa noche, muchos berlineses occidentales escalaron el muro. Cuando se conoció la noticia de la apertura del muro, se interrumpió la sesión vespertina del Bundestag en Bonn y los diputados entonaron espontáneamente el himno alemán. Los berlineses llevaron a cabo la destrucción del muro con todos los medios a su disposición como picos, martillos, etc... La que muchos habían considerado la gran utopía del siglo XX había terminado reducida a cascotes.
Sin embargo, todo hay que decirlo, se olvidó algo fundamental: la libertad es algo muy frágil. Hay que conquistarla y merecerla todos los días. Sus principales enemigos en modo alguno se dieron por vencidos con esto. Se bajó la guardia y el viejo comunismo, reconvertido y reciclado en "progresismo", neoecologismo y "movimiento contracultural" sin prisa pero sin pausa comenzó a rearmarse ideológicamente, hasta el punto de que, 20 años después, tienen la convicción de ser los "vencedores morales" (en España tenemos un buen ejemplo con quien, lamentablemente nos gobierna). El cambio que ha experimentado el socialismo sido, ante la incapacidad de ofrecer un modelo distinto al capitalismo y a la democracia, pasar a buscar las mejores vías para corroer los principios en que se basa el Estado de Derecho (propiedad privada, respeto por los contratos, autonomía individual y libertad de asociación). Los herederos del sistema que cayó con el Muro siguen en sus trece: sus objetivos son la demolición de la cultura occidental y sustituir la libertad y la iniciativa privada por el férreo control de la sociedad por el Estado. El medio anterior, el comunismo, ha fracasado con lo que es el momento de sustituirlo por otra cosa pero manteniendo los mismos objetivos.
Echando un vistazo a cualquiera de las nuevas tendencias en ninguna encontraremos ni un principio en favor de la libertad individual. En Europa tenemos el neoecologismo como forma de control de la energía y, por ende, de la economía. Las simpatías por el Islam es otro de los elementos, visto como el contrapunto y una buena forma de desnaturalizar los principios que sostienen Occidente. El odio al ser humano es algo que pervive. Obsesiones que tienen como el aborto, la eutanasia, el control radical de población o el que nosotros somos los que provocamos el calentamiento del globo solo se explican así. No es extraño que luego a algunos de ellos se les ocurran cosas como el “Proyecto Gran Simio”, intentando igualar en dignidad a un hombre con un mono. Tienen una curiosa fijación con que, cuanta menos gente haya mejor, por algo muy evidente: como el Estado, para ellos, debe ser omnipotente y el que se ocupe y se entrometa en todos y cada uno de los detalles de la vida de la gente desde el nacimiento hasta la muerte, a menos población más facilidad para que ejerza esa omnipotencia. A todos estos ingredientes se une el apoyo a regímenes iberoamericanos de inspiración o directamente comunistas como los de Cuba, Venezuela, Bolivia o Nicaragua, que buscan la destrucción de la democracia a través de la desvirtuación de sus instituciones. La izquierda radical puede haber tenido más éxito a la hora de canalizar su odio a la libertad cuando, en lugar de proponer una inviable alternativa política, se ha concentrado en subvertir los fundamentos de la democracia y la economía de mercado.
La mejor lección a extraer del 9 de noviembre de 1.989 es que la libertad tiene un precio que es el estar permanentemente alerta. 
La culpa fue de Marx
Por Carlos Alberto Montaner. Diario de América
Hace 20 años, los escombros del muro de Berlín cayeron estrepitosamente sobre el marxismo y lo pulverizaron. Algo que, paradójicamente, confirmó la opinión de Marx sobre las teorías, tal y como lo explicó en sus Tesis sobre Feuerbach: ``Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento''.
El marxismo, sencillamente, no resistió el enfrentamiento con la realidad. Prometía el paraíso en la tierra y parió veinte dictaduras espantosas. Dejó cien millones de muertos en el camino. Empobreció a medio planeta. Retardó el progreso científico y técnico de numerosos pueblos y, tal vez lo peor de todo, envileció a varias generaciones de personas obligadas a mentir y a celebrar un régimen al que detestaban profundamente.
Cuando Marx murió, su discípulo, compañero y amigo Federico Engels --tan amigo que hasta reconoció como suyo un hijo de Marx concebido por la criada de la casa-- describió los dos ``grandes aportes'' del pensador alemán: el materialismo histórico y la plusvalía. ¿En qué consistían?
El materialismo histórico (una hipótesis ridícula que ignoraba la inmensa complejidad de la naturaleza humana) postulaba que la religión, el sistema político, las instituciones de derecho, la moral, el arte, etc. constituían la ``superestructura'' generada por los intereses de la clase dirigente que controlaba la ``infraestructura'', es decir, los medios de producción. De acuerdo con Marx y Engels, al desaparecer la propiedad privada y obtener los trabajadores el control del aparato productivo, cambiaría radicalmente la superestructura.
En cuanto a la plusvalía, se trataba de un error surgido de la teoría del valor de los economistas clásicos Adam Smith y David Ricardo: Marx creía que el valor de la producción dependía del trabajo humano que se le incorporaba, de manera que el capitalista se enriquecía apropiándose de la diferencia entre el precio de venta y los costos reales de los bienes o servicios producidos. Esa era la plusvalía. Un par de años antes de su muerte (1883), un joven economista austriaco, Eugen von Bohm-Bawerk, le demostró sus errores y, de paso, señaló las contradicciones sobre este tema que existían entre el tomo primero y tercero de "El capital".
¿Por qué estos dos disparates intelectuales generaron una catástrofe tan gigantesca como las dictaduras comunistas? En primer término, porque para poder desmontar el Estado burgués y rehacer las relaciones de propiedad de acuerdo con la utopía que había diseñado, Marx prescribió, y sus discípulos le hicieron caso, una etapa dictatorial dirigida por el proletariado. Es decir, se acogió a una ética de fines capaz de justificar cualquier monstruosidad siempre y cuando condujera a los seres humanos en la dirección de la felicidad y el progreso que él les señalaba. Luego, Lenin y otros comunistas especialmente crueles crearon un método de control social por medio de la represión policiaca que resultó imbatible. Una vez construida la jaula, era muy difícil evadirse.
¿Por qué, en definitiva, se hundió el comunismo? Fundamentalmente, por la desmoralización de la clase dirigente ante el fracaso material y espiritual del marxismo-leninismo. Los comunistas no podían ignorar la comparación entre las dos Alemania o las dos Corea. Veían con envidia cómo todos los hallazgos científicos y técnicos se producían en las democracias occidentales dotadas de economías capitalistas. Habían comprobado hasta la saciedad que Marx estaba equivocado en el plano teórico, y que la puesta en práctica de sus ideas había conducido inútilmente al matadero a millones de seres humanos y al estancamiento y la pobreza a las sociedades que lo habían intentado.
Ante esa situación, comenzaron las reformas, pero el marxismo no era reformable. La arrogante pretensión de Marx de haber descubierto las leyes por las que se rigen la historia y el desarrollo económico, era una superchería hueca que no podía corregirse. Había que desecharla. Su tesis de la plusvalía, y en definitiva su incapacidad para entender el concepto del valor subjetivo, tampoco podía modificarse. Era como creer que la tierra es plana. Estaba equivocado. Punto.
El periodo provisional de la dictadura del proletariado, dirigida por la vanguardia comunista, se había convertido en una pesadilla permanente. No era una fase, sino una meta repugnante administrada por el aparato de seguridad. Por eso, cuando trataron de arreglar el sistema, el edificio se desplomó. Se había construido sobre cimientos falsos. Sólo quedan un par de antiguallas de aquella época (Cuba y Corea del Norte) tercamente empeñadas en el error, pero es sólo cuestión de tiempo. En esos países tampoco la clase dirigente cree una sola palabra del discurso oficial.
Idealismo asesino
Por Paul HollanderEl Cato InstituteEl Muro de Berlín que cayó este mes hace 20 años era el símbolo por excelencia del comunismo. Representaba un esfuerzo histórico sin precedentes tendiente a evitar que la gente “votara con sus pies” y abandonara una sociedad que rechazaba. El muro era solamente el segmento más visible de un amplio sistema de obstáculos y fortificaciones: la Cortina de Hierro, la cual se extendía por miles de kilómetros a lo largo de la frontera de la “Mancomunidad Socialista”. Yo fui uno de los que lograron cruzar dichos obstáculos en noviembre de 1956, cuando fueron temporalmente desmantelados a lo largo de la frontera austro-húngara. Mis experiencias en la Hungría comunista, donde viví hasta los 24 años, tuvieron un impacto duradero en mi vida y en mi trabajo. Si bien estaban muy interesados en el comunismo a fines de los cuarenta y principios de los cincuenta, los estadounidenses—hostiles o simpatizantes—en realidad sabían muy poco acerca de dicho sistema, y poco se comenta hoy sobre el desmoronamiento del imperio soviético. La fugaz atención de la prensa a los importantes eventos de finales de los ochenta y principios de los noventa igualó a su previa indiferencia frente a los sistemas comunistas. Hay poco conocimiento público de las atrocidades a gran escala, de los asesinatos y las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron en los estados comunistas, especialmente cuando se lo compara con el conocimiento público del Holocausto y el Nazismo (el cual derivó en muchas menos muertes). El número de documentales, películas de cine o programas de televisión acerca de las sociedades comunistas es minúsculo en comparación a aquellos de la Alemania Nazi y/o el Holocausto, y pocas universidades ofrecen cursos acerca de los todavía existentes o desaparecidos estados comunistas. Para gran parte de Occidente, el comunismo y sus diversas encarnaciones permanecen siendo una abstracción. Las respuestas morales distintas al nazismo y al comunismo en Occidente pueden interpretarse como el resultado de que las atrocidades comunistas son percibidas como efectos secundarios de intenciones nobles, las cuales tuvieron dificultades en materializarse sin recurrir a medidas drásticas. En contraste, las atrocidades de los nazis son vistas como la maldad pura y sin justificación alguna, y no son respaldadas por una ideología atractiva. Hay mucha más evidencia física e información acerca de los genocidios nazis, y los métodos de exterminación de éstos fueron altamente premeditados y repugnantes, mientras que muchas víctimas de los sistemas comunistas murieron debido a las condiciones de vida letales en sus lugares de detención. La mayoría de las víctimas del comunismo no fueron asesinadas con técnicas industriales modernas.Los sistemas comunistas variaban desde la pequeña Albania hasta la gigantesca China, desde los altamente industrializados países de Europa del Este hasta naciones subdesarrolladas de África. Si bien eran diferentes en muchos aspectos, todos tenían en común la confianza en el marxismo-leninismo como su fuente de legitimidad, el sistema de partido único, el control sobre la economía y la prensa, y la presencia de una enorme fuerza policial política. También compartían un supuesto compromiso por la creación de un ser humano moralmente superior—el hombre socialista o comunista.La violencia política bajo el comunismo tuvo un origen idealista y un objetivo purificador. Aquellos perseguidos y asesinados eran definidos políticamente y moralmente como corruptos y como un peligro para un sistema social superior. La doctrina marxista de lucha de las clases brindaba el respaldo ideológico para el genocidio. Las personas eran perseguidas no por lo que hacían sino por pertenecer a categorías sociales que los hacían sospechosos.Luego de la caída del comunismo soviético, muchos intelectuales occidentales continuan convencidos de que el capitalismo es la raíz de todos los males. Ha habido una larga tradición de dicho rencor entre intelectuales occidentales que le dieron el beneficio de la duda o simpatizaron abiertamente con sistemas políticos que denunciaron la búsqueda del lucro y proclamaron su compromiso con la creación de una sociedad más humana e igualitaria, y con seres humanos que no fueran egoístas. El fracaso de los sistemas comunistas en mejorar la naturaleza humana no significa que cualquier intento por hacerlo está condenado, sino más bien que tales mejoras serán modestas y difícilmente serán alcanzadas mediante la coerción.
El comunismo soviético colapsó por muchas razones, incluyendo la ineficiencia económica que resultó en la escasez crónica de comida y de productos de consumo, y la predominante y falsa propaganda, la cual equivalía a la rutinaria distorsión de la realidad resaltando la brecha entre la teoría y la práctica, y entre la promesa y el cumplimiento de esta. La voluntad política de los líderes detrás de la Cortina de Hierro decayó a lo largo del tiempo—debido en parte a las revelaciones de 1956 de Nikita Kruhchev acerca de los crímenes de Joseph Stalin pero también producto de sus experiencias propias con los fallos en el sistema. Ya no tenían la voluntad para destruir a aquellos que disentían. En los ochenta, Mikhail Gorbachev permitió que se hicieran públicas nuevas revelaciones acerca de los errores y maldades del comunismo—socavando aún más la legitimidad del mandato comunista.El fracaso del comunismo soviético confirma que los humanos motivados por nobles ideales son capaces de infligir un terrible sufrimiento con una conciencia limpia. Pero el colapso del comunismo también sugiere que bajo ciertas condiciones la gente puede diferenciar entre el bien y el mal. La adherencia y el rechazo al comunismo corresponden al espectro de actitudes que van desde el idealismo engañoso y destructivo hasta la comprensión de que la naturaleza humana excluye los arreglos sociales utópicos, y que el balance cuidadoso de los fines y los medios es la precondición esencial para crear y preservar una sociedad decente.
Ich bin ein Berliner
Por Horacio Vázquez RialLibertad DigitalNo sé que impresiona más: si el discurso de Kennedy en 1963, o el de Reagan en 1987. Los dos están en youtube, bendita sea la tecnología. Cuando me propusieron escribir sobre el tema, busqué el discurso de Kennedy, sin imaginar –mi edad me permite haber sido contemporáneo de los dos acontecimientos– que lo iba a encontrar filmado. Y el repaso de los videos llevó de una cosa a la otra. Pasé del "Ich bin ein berliner" de Kennedy, quizás la mejor intervención didáctica de un político en toda la Guerra Fría, al "Mr. Gorbachev: tear down this wall" de Reagan.
El de Kennedy se inscribe en la breve lista de las grandes alocuciones del siglo XX, junto al "Sólo os puedo prometer sangre, sudor y lágrimas" de Churchill y al "Tengo un sueño" de Martin L. King. El de Reagan tiene otro carácter, menos perfecto literariamente, más eficaz en términos cinematográficos; es un desafío que corona lo mejor de la obra del viejo presidente, el gran farol de una guerra terminal que los Estados Unidos no estaban en condiciones de emprender, en el saloon de la Guerra Fría. La caída del Muro era el símbolo de su triunfo, logrado sin mostrar las cartas, y cuando pronunció esas palabras lo hizo a conciencia de que ya había ganado: dos años más tarde, los 43 kilómetros de la pared de separación entre dos mundos que, a pesar de todo, seguían siendo uno, los 160 kilómetros que, en total, separaban Berlín del resto del territorio y la zona occidental de la ciudad de la oriental, fueron derribados. Y Alemania volvió a ser una. Para cerrar la época del comunismo soviético y la larga guerra entre Alemania y Francia –de 1870 a 1945–, había que aceptar la reunificación y el establecimiento de una paz perfecta: la del eje francoalemán. Era un buen precio. Ciertamente, a España le convenía, aunque fuese una pieza menor en el gran juego: terminamos con el fantasma comunista sin necesidad de hacer nada más que aplaudir. Olvidamos, desde luego, a la hora del aplauso, la posibilidad de que la socialdemocracia, siempre ambigua, en perpetua transformación, generara en el plano local un nuevo socialismo unificado, encarnado en el presidente que nos toca.
Y olvidamos que persistían otras divisiones, otros muros, de los cuales el más significativo era y sigue siendo el de Chipre. El que marca la presencia en territorio griego de esa Turquía a la que todo el mundo parece querer en la UE, empezando por el promotor de esa alianza de civilizaciones a la que ahora se arrima Gustavo de Arístegui, figura determinante de la política exterior del PP: la próxima vez que votemos, tengamos presente que no hay ya un solo partido que no esté de acuerdo en ese punto, salvo, quizá, CiU, formación que, por lo que sé, no se ha pronunciado al respecto, en esa Cataluña en la que el Tripartito inició la costumbre de convocar a las fiestas de la Mercè con carteles en catalán y en árabe. Como si Reagan, en vez de exigir a Gorbachov el derribo del Muro, hubiera propuesto la conciliación con la URSS. Hay cosas que no pasan por acuerdo alguno, en las que es imprescindible una derrota en toda regla. El Muro se construyó en 1961, literalmente de la noche a la mañana, aunque en algunas partes los trabajos demoraron más y en el ínterin se estableció el cierre de fronteras con líneas de tanques y guardias, como un símbolo no sólo del desarrollo autárquico staliniano, sino de la férrea apropiación por los comunistas de media Europa y media Asia. Y sólo la inflexibilidad de los Estados Unidos consiguió su demolición. Digo con toda precisión los Estados Unidos, y no Occidente en su conjunto, porque en Europa seguía y sigue dominando en todas las instituciones y en todos los partidos el espíritu de Munich: mejor un mal negocio en paz que un triunfo obtenido mediante la firmeza y, cuando hace falta, mediante la guerra o la amenaza de guerra. Mejor la alianza de civilizaciones que un enfrentamiento con los productores de petróleo. Obama es una encarnación más del espíritu de Munich, un mulato esencialmente europeo en términos ideológicos, que prefiere ignorar, igual que Carter y Clinton, que su país no sólo tuvo que venir a sacarle las castañas del fuego a la Europa libre en dos ocasiones, sino que cargó con el peso de la reconstrucción y asumió casi en soledad la guerra fría. Irak, sin embargo, le está dando una lección: no puede irse como Zapatero, y cada vez que sugiere un paso hacia la retirada las cosas se le ponen peor. Aquella pared de Berlín, no muy gruesa, no más gruesa que las que cierran las cárceles corrientes, y de algo más de tres metros, resultó muy resistente, e hizo falta un halcón muy astuto como era Reagan para echarla abajo. O, siendo aún más precisos, y ésa es la clave del discurso de 1987, para que los mismos que lo habían construido lo declararan políticamente inútil.El alemán antiamericano medio, espécimen que abunda a pesar de todo, desde el Plan Marshall en adelante, culpa a los Estados Unidos de la división de su país durante cuarenta y cuatro años. Churchill, en sus memorias de la guerra, cuenta que acudió a Yalta con unos mapas muy precisos, elaborados con la mayor finura con un equipo de sabios asesores, y que jamás los desplegó: en ellos se estimaba qué parte de Europa iba a quedar en manos de la URSS después de la guerra. Stalin llegó, sacó su propio mapa, sin marca especial alguna, y dijo: "La línea pasa aproximadamente por aquí". El inglés aceptó de inmediato, porque se trataba casi de una generosa donación..
Los soviéticos habían perdido 100.000 hombres en la toma de Berlín. Eisenhower había dado un paso atrás y les había dejado a ellos esa tarea porque no se podía dar el lujo de perder ese número de soldados: él tenía que dar explicaciones políticas a su regreso a América y, en cambio, para Stalin, aquello no significaba nada más que el envío al frente de más carne de cañón. Alemania podía haber sido suya, pero no lo fue. Por eso se aceptó la partición de la ciudad y el establecimiento de la capital de la Alemania occidental en una pequeña ciudad. El Plan Marshall fue concebido para ahuyentar la posibilidad de que Alemania se reunificara bajo control soviético. Y hubo que trabajar cuarenta y cuatro años, de Truman a Reagan, para conseguir lo contrario.Tengo en un estante de mi biblioteca un minúsculo trozo del Muro, que me trajo el 12 de noviembre de 1989 mi amigo Claudio, que había estado allí con un martillo en la mano dos días antes. Pasó bastante tiempo antes de yo fuera a Berlín, y vi la ciudad abierta, recorrí una parte de lo que había sido muro, donde hay ahora placas con los nombres de los muertos que habían intentado cruzar y habían sido asesinados, y después fui a beber algo al Adlon, como los espías de las novelas. Ahora miro la piedra de tanto en tanto como un objeto místico, el producto de la voluntad de algunos hombres –jamás de una mayoría–, un resto del horror que se había iniciado en los campos de concentración y que no cesó hasta hace apenas veinte años. Es un recordatorio de lo que hay que hacer cada día.vazquezrial@gmail.com
http://www.vazquezrial.com/
La fortaleza inexpugnable
Por Fernando Díaz Villanueva. Libertad Digital
El Muro de Berlín fue único en su especie. No fue la primera vez en la historia que una ciudad se amurallaba, pero sí la primera vez que esas murallas servían para que los de dentro no pudiesen salir.
Hasta que Walter Ulbricht, copiando al dictado de Moscú, ordenó la construcción del Muro, las ciudades amuralladas lo estaban para prevenir invasiones y mejor defenderse. Así nacieron las murallas de Ávila, que siguen en pie, desafiando los siglos, o la Gran Muralla china, una formidable fortificación de casi 9.000 kilómetros construida para frenar las incursiones de los nómadas del norte.
El Muro de Berlín no fue eso. Sus padres no lo concibieron como un valladar contra una hipotética invasión del Oeste –aunque luego lo vendieron así a sus esclavizados súbditos–, sino como la tapia de una cárcel, y no de una cárcel cualquiera, sino de una de altísima seguridad.
Los números de Muro quitan el hipo. Tenía una longitud de 150 kilómetros, es decir, dos veces la distancia que separa Madrid de Toledo. En principio, el Muro fue único, una simple tapia de bloques de cemento coronada por alambre de espino, pero la gente seguía fugándose. En 1962 el Gobierno de la RDA creó el llamado muro trasero, separado unos cien metros del delantero o principal, el que se veía desde el Berlín libre.
Esta franja, una tierra de nadie atravesada por una carretera para las patrullas fronterizas, pronto se convirtió en la Franja de la Muerte. Estaba jalonada de torres de vigilancia, primero portátiles, luego de madera y, al final, de hormigón, con un puesto de vigía circular muy parecido a las torres de control de los aeropuertos. Para evitar que algún descontrolado con un camión u otro vehículo pesado cruzase la línea a toda velocidad, se cavó una fosa metros antes del muro delantero.
Todas las precauciones eran pocas. En los años 60 se instalaron vallas anticarro como las que los nazis pusieron en las playas de Normandía, innecesarias del todo pero muy útiles para la propaganda comunista. Los atribulados berlineses orientales podían así concebir una inminente invasión aliada. Lo cierto es que al otro lado no había tanques, ni siquiera soldados custodiando el muro delantero, tan sólo grafitis, turistas y algunas plataformas de observación desde las que se veía al completo el complejo carcelario que los comunistas habían montado.
Cruzar la línea era prácticamente imposible. Estaba patrullada por soldados armados durante 24 horas los 365 días del año. Llegó a haber 302 torres en torno al Berlín occidental, que en los años 70 fueron renovadas por un modelo nuevo, de planta cuadrada, que resistía mejor las inclemencias del tiempo. Junto con ellas, entre 1975 y los primeros 80 se cambió el muro delantero por lo que las autoridades germanorientales denominaron "Grenzmauer 75", o muro de cuarta generación, mucho más sofisticado: estaba compuesto por lienzos de hormigón armado de tres metros y medio de alto, rematados por un canuto que dificultaba la escalada.
Nada se dejó a la casualidad. El Muro partía una ciudad que, a su vez, está partida por el río Spree, cuya rivera oriental quedó tapizada de alambre de espino. Lanchas del Ejército vigilaban día y noche la vía fluvial. Pese a todo, el Spree se convirtió en uno de los puntos de fuga más habituales. Los guardias tenían órdenes de disparar sin siquiera dar el alto. Siempre por la espalda y a matar. Un herido era un testigo incómodo de la brutalidad de los amos de la Alemania Oriental.
Entre una ciudad y otra los pasos eran pocos y estaban muy vigilados. Durante los dos primeros años, la RDA cerró a cal y canto la frontera, separando familias y amigos. Luego se abrió, pero sólo se podía cruzar del Oeste al Este. El viaje a la inversa, para un súbdito de la RDA, era poco frecuente: los permisos de viaje se daban con cuentagotas y estaban reservados a individuos de probada lealtad al régimen, como los miembros del partido o los oficiales del Ejército. El berlinés oriental estaba atado a su ciudad como los siervos en los señoríos feudales lo estaban a la tierra.
Muchos lograron escapar de la RDA, esa prisión terrorífica, porque la maldad de los verdugos sólo era superada por su incompetencia. Salían de todas las maneras imaginables: en los maleteros de los coches, por túneles secretos, cruzando a nado el río... hasta –en una ocasión– a bordo de un ultraligero. Lo consiguieron unos 5.000. Otros murieron en el intento: aunque se desconoce el número exacto, se estima que unos 200. Las cruces junto al muro delantero conmemoran el crimen y sirven de recordatorio a los berlineses: la herida, aunque ya cicatrizada, no debería olvidarse jamás.

Nuevos muros para la libertad
Por Ignacio Cosidó
GEES
La caída del Muro de Berlín ha sido con diferencia el acontecimiento histórico más importante, y también más feliz, que he vivido. Significó la libertad para millones de personas atrapadas hasta entonces en la brutal dictadura comunista y permitió reunificar una Europa dividida durante cincuenta años por las alambradas de la vergüenza. El derrumbe de ese muro es el símbolo de que el ansia de libertad que anida en todo ser humano es capaz de derribar cualquier dique totalitario.
Veinte años después de esa explosión de libertad mi temor es que la democracia vuelve a estar acorralada. En el mundo musulmán emerge un fundamentalismo violento que no sólo ahoga en sangre a muchas de sus sociedades, sino que ha declarado la guerra a Occidente por entender que es la libertad su peor enemigo. Un radicalismo islámico que ha hecho del terror su principal arma estratégica para culminar su delirio totalitario. En esta misma línea, el empeño de un régimen totalitario como el de Irán por dotarse de armas nucleares puede elevar un nuevo muro atómico en el que queden aprisionados bajo una dictadura teocrática muchos millones de personas y amenazada con el holocausto nuclear buena parte de la humanidad, empezando por Israel.
China, que va camino de convertirse en la próxima década en la primera potencia económica del mundo, sigue siendo una dictadura comunista en la que el respeto a los derechos humanos es permanente cuestionado. Su creciente influencia internacional y su emergente poder militar no ayudarán mucho a la causa de la democracia mientras siga gobernada por un partido único y restringiendo las libertades de sus ciudadanos.
En Rusia asistimos a una involución en su transición democrática, la voluntad de recuperar su área de influencia, el resurgimiento de un nacionalismo antioccidental, la utilización de sus recursos energéticos como un arma para lograr sus objetivos estratégicos, el rearme de sus Fuerzas Armadas para volver a ser una potencia militar global y la aplicación de una doctrina estratégica cada vez más agresiva como demostraron en Georgia. Ninguna de esas tendencias resulta tranquilizadora para la causa de la libertad.
En Iberoamérica se extiende una autodenominada revolución bolivariana que pretende reinventar un socialismo del siglo XXI, pero que mantiene los mismos principios autoritarios del socialismo que el siglo anterior sucumbió bajo los cascotes del muro. La expansión de esa corriente totalitaria amenaza a las emergentes democracias sudamericanas y puede retrotraer a buena parte del hemisferio a un empobrecimiento y a unos regimenes tiránicos ya superados.
África, por su parte, sigue ahogada en gran medida por la pobreza, los conflictos tribales y fronterizos, las tiranías de distinto signo, la corrupción de muchos de sus regimenes y la extrema debilidad de sus estados para hacer frente a las emergentes organizaciones terroristas, el crimen organizado o la piratería. En esas condiciones es prácticamente imposible que pueda germinar la semilla de la libertad.
Lo peor, sin embargo, para la pervivencia de la democracia en el mundo es nuestra propia debilidad, la relativización que se extiende en Occidente del valor de la libertad como valor supremo de nuestra civilización, la falta de convicción en la superioridad moral y política de la democracia sobre la tiranía, la falta de compromiso con todos aquellos que desafían a los dictadores en defensa de su propia libertad, nuestra falta de valor para defender la democracia ante aquellos que pretenden destruirla.
Pese a todo, mi fe en la libertad permanece inquebrantable. Si millones de ciudadanos pudieron rebelarse contra la más perfecta máquina totalitaria diseñada por el hombre hace veinte años, es seguro que mañana podremos volver a derrotar a cualquiera de sus enemigos, por poderosos que estos sean.
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El Muro (The Wall), 1.962
Debates en Libertad: Berlín, el Muro y sus escombros.
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