viernes 18 de diciembre de 2009
Nacido del viento
La cumbre de degustación de foie y esculpido de caviar de Copenhage, ideada para "salvar el mundo" entre paseo y paseo en limusina, se dirige camino de un rotundo fracaso, pero nos ha dejado uno de los momentos del año: la intervención del presidente del gobierno progre que padecemos. Los jefes de Estado del mundo pudieron disfrutar ayer de una de las majaderías propias de escombrera intelectual con las que Zapatero, de cuando en cuando, nos obsequia a los españoles. "La tierra no pertenece a nadie. Salvo al viento", sentenció Zapatero en Copenhague. Por un lado, da una enorme vergüenza pero, por otro, es bueno que esto se oiga fuera porque, de otro modo, es complicado hacerse una idea de los niveles en los que se mueve el presidente del Gobierno.
Hueco, pomposo, petulante y plúmbeo, como la ideología calentóloga, que pretende llenar nuestros paisajes de molinillos para producir "energía verde"... mientras los ríos no pueden estar más contaminados, en los campos no puede haber más basura y los incendios devoran nuestros bosques en verano.
El hijo del viento
Por Emilio Campmany
Libertad Digital
Al fin, las hordas de calentófilos que trataron de entrar en la cumbre a cantarle las cuarenta a los líderes mundiales porque no terminan de convertirse a la iglesia de la calentología, han visto llegar a su líder natural a la ciudad de la Sirenita, capital del ecologismo por unos días. Este jueves llegó y finalmente habló el sumo sacerdote de la nueva religión, un español universal, luminaria de la divina izquierda, martillo de curas, meapilas y oscurantistas. Al fin se hizo la luz en Copenhague. Hasta allí llegó y habló el hijo del viento, José Luis Rodríguez Zapatero.
Con su verbo, el gran ecólogo iluminó toda la ciudad por unas horas, por unos días, seguramente por unos meses, y eso sin que Sebastián suministrara a los daneses ninguna bombilla de bajo consumo. La clara y trasparente labia del presidente iluminó la ciudad sin consumir un watio, sin malgastar un ohmio, sin desperdiciar un voltio. ¿Qué fue lo que peroró el hijo del viento? Fácil es reproducirlo y difícil glosarlo y mejorarlo. Hagamos lo primero y limitémonos a intentar lo segundo.
El hijo del viento nos ha pedido que empujemos una nueva era energética. No ha pedido que alumbremos, ni siquiera que demos comienzo a esa nueva era, sino que la empujemos sin saber muy bien si es para que caiga o para que tropiece. Pero ha explicado por qué. Porque si fracasamos, todos perderemos. ¿Qué perdemos? El hijo del viento habla con lengua suelta, pero oscura por momentos y no ha querido explicarlo.
No obstante ser como sin duda es el hijo del viento bondadoso y comprensivo, también sabe amonestar a sus pupilos y aprendices cuando éstos alborotan o no prestan atención a sus sabias enseñanzas. Por eso, advirtió a Estados Unidos y a China de que no pueden fallar en esta cita histórica ni eludir sus compromisos con el mundo. Los oyentes boquiabiertos se preguntaron cuáles serían esos compromisos que en su ignorancia desconocían.
Y al fin el gran anuncio. Una nueva era energética ha de nacer en nuestros días. Tras la era del carbón y la vigente era del petróleo, ha de llegar una basada en el ahorro y la eficiencia energética. Unos pocos asistentes, pobres ilusos, creyeron entender que el hijo del viento quiso decir que la nueva era seguiría siendo la del carbón y la del petróleo, pero gastando menos. Una era, añadió para que se entendiera mejor, basada en al democratización de la capacidad para producir energía. Al parecer, la era de un hombre, un voto será sustituida por la de un hombre, una caloría.
El hijo del viento sacó a relucir todas sus energías para pedir, que digo pedir, reclamar y aun exigir un esfuerzo global a todo el planeta para resolver un problema que no puede resolverse con ataduras estériles a lo inmediato. Y todos sabemos cuán estéril es estar atado a lo inmediato.
Sin embargo, lo mejor del discurso ha sido el final. Nos convoca la ONU y la ciencia y tenemos la posibilidad de crear un orden internacional en paz, equilibrio y justicia. La Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento. Es una lástima que no hubiera rematado con la pregunta retórica ¿y qué es el viento? Y luego habérsela contestado diciendo que "es el aire en movimiento, queridos y estimados terrícolas". ¡Qué pico de oro!
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martes 15 de diciembre de 2009
El legado liberal en España
El legado liberal en España Por Jorge Vilches
Suplemento Ideas de Libertad Digital
El pensamiento más despreciado en la España del siglo XX fue el liberal, por culpas propias y ajenas. La diversidad de grupos y personalidades que se han definido como liberales desde 1808 hasta 1978 –y después– permite hacer un análisis lejos de martirologios y mixtificaciones.
A la vez que se puede defender que los grandes estadistas de la contemporaneidad española fueron liberales, no nos deben doler prendas a la hora de exponer los errores dogmáticos y políticos que cometieron algunos liberales, o a la de señalar a los que hicieron de la revolución su profesión, o a la de denunciar a los que consideraron la exclusión del adversario la única forma de gobernar. Es decir: debe diferenciarse a Cánovas y Sagasta –equiparables a los grandes gobernantes de su época– de gente como Ruiz Zorrilla y Azaña: éste último puede asimilarse a quienes, a principios del siglo XX, llevaron las democracias europeas a la crisis total.
El legado de aquellos liberales que crearon y desarrollaron el Estado nacional no ha sido reconocido por los que han denostado sus bases políticas, económicas, sociales o culturales y les han culpado de los supuestos males de España. El origen y los motivos de tal crítica ya los apuntó José María Marco en La libertad traicionada (1997). Los liberales de finales del XIX y comienzos del XX consideraron que socialistas y nacionalistas eran elementos de modernización y regeneración del sistema representativo, y no creían que su intención era romper la estructura del Estado constitucional para acercarse al socialismo o a la independencia. Dejaron de ser liberales para ser otra cosa y se produjo la crisis de la Restauración: cayeron la Monarquía y la Constitución –no cabe obviar el error de Alfonso XIII– y vinieron una dictadura, una República trágica, una guerra civil y otra dictadura.
La crisis que vivió el liberalismo en España a principios del siglo XX fue similar a la que padeció en otros países de Europa en esos mismos años. Esto no sirve de alivio, pero sí permite sacar el caso español de la excepcionalidad en la que muchos aún lo colocan. El cuestionamiento del parlamentarismo, de los derechos individuales, de la democracia, del capitalismo o de las fronteras nacionales afectó de lleno al liberalismo, que había puesto en pie el Estado nacional.
Los logros de las personalidades, grupos y partidos que componían el mundo liberal entre 1808 y 1923 son expuestos por Felipe-José de Vicente Algueró en ¡Viva la Pepa! Los frutos del liberalismo español en el siglo XIX, editado por Gota a Gota. El autor es catedrático de instituto, especializado en Historia, y se nota. El tono didáctico, sencillo y cercano está presente en todo el texto; quizá De Vicente entiende que el lector desconoce nombres, trayectorias y acontecimientos, y que así debe ser la reivindicación, con orgullo contenido, de lo que denomina "frutos". El libro es un acierto, no sólo porque muestra el interés que una editorial vinculada a un partido político tiene por la Historia, sino porque es una obra de divulgación que puede llegar a un público amplio.
Los "frutos" políticos son claros: la nación soberana, la Constitución como salvaguardia de los derechos del hombre y regulador de los poderes del Estado, el sistema representativo y la ampliación paulatina del sufragio..., medidas todas ellas que acompasaron el desarrollo del país, al ritmo de las naciones más avanzadas de Occidente. En 1834 sólo había cuatro países en Europa con un régimen constitucional; uno de ellos era España, que estableció el sufragio universal masculino en su Constitución de 1869, la más liberal del momento. La inestabilidad de aquella España, donde se sucedían sin solución de continuidad los gobiernos, las constituciones y las casas reinantes, no mayor que la registrada en Francia, pero sí mucho menos sangrienta. Esa inestabilidad explica que llegaran al poder hombres de valía, con sentido de Estado, junto a aventureros y demagogos.
Entre tanto, la economía se iba desarrollando. Y eso a pesar de que el país tuvo que reconstruirse dos veces: tras la Guerra de la Independencia y tras la Primera Guerra Carlista. Se creó un mercado nacional y una red de transportes, y se alcanzó la unidad fiscal y bancaria, que consolidó "una estructura económica liberal que ha marcado la historia económica de España por muchos años" (p. 81). Esto no quita para señalar que la desamortización de Mendizábal se hizo mal y se presentó peor, o que la política ferroviaria estuvo trufada de corrupción. En este sentido, el historiador Leandro Prados de la Escosura ha señalado que si se hubiera dispuesto de un marco más liberal –difícil, en un entorno europeo proteccionista–, reducido el peso del sector agrario y aumentando el capital físico y humano, el crecimiento habría sido mayor.
La educación fue otro de los elementos importantes para los liberales, desde la Ley de Instrucción Pública de Claudio Moyano (1857) hasta, en opinión de De Vicente, la Institución Libre de Enseñanza (1876) o la Junta de Ampliación de Estudios (1907). Por esta última pasaron Severo Ochoa, Laín Entralgo, Luis de Zulueta, Claudio Sánchez-Albornoz, Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, José Ortega y Gasset, Besteiro, Zubiri, Alberti y Pérez de Ayala, entre otros. El objetivo de los liberales, dice el autor, era regenerar el país mediante el desarrollo de una sociedad culta y educada, que dispusiera de una elite intelectual bien preparada capaz de formar nuevas generaciones de españoles en este ambiente de libertad y búsqueda del conocimiento, fundamento de las sociedades liberales (p. 183).
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El resultado fue mediano, como es bien sabido, posiblemente porque al plan educativo no se le dio tiempo suficiente. Lo que sí es cierto es que el régimen de la Restauración creó las condiciones adecuadas para que afloraran en el siglo XX las dos generaciones que compusieron la llamada Edad de Plata de la cultura española.
La legislación social fue de igual modo un logro de los liberales, a pesar de que la historiografía contraria la ha presentado como una conquista del "movimiento obrero" ante la "burguesía". Tanto el liberalismo progresista como el conservador adoptaron medidas en el último cuarto del siglo XIX y a principios del XX para regular los conflictos colectivos, la invalidez laboral, la higiene y la seguridad en el trabajo, así como para garantizar los derechos de asociación, manifestación y huelga. En este orden de cosas, el liberal Segismundo Moret creó la Comisión de Reformas Sociales (1885), que el conservador Maura la transformó en el Instituto de Reformas Sociales (1903), dirigido por seis representantes de la patronal y otros tantos de los sindicatos. En esta tónica, los gobiernos liberales dieron leyes como las de Descanso Dominical (1904), Inspección de Trabajo (1906), Huelgas (1909) y Retiro Obrero (1913), o la que estableció la jornada laboral máxima de ocho horas (1919).
El liberalismo, como señala De Vicente, ha sido el elemento más determinante para la construcción de la España contemporánea. Su gran cuenta pendiente, sin embargo, ha sido su incapacidad para crear una cultura política liberal, con tradiciones cimentadas en la lealtad al parlamentarismo y al constitucionalismo, que fuera crítica, sí, pero leal, capaz de resistir los embates de los totalitarios, de aferrarse a las normas de juego, con una confianza que nos hubiera librado del ocaso de la libertad en el siglo XX. Por soñar, que no quede.
FELIPE-JOSÉ DE VICENTE ALGUERÓ: ¡VIVA LA PEPA! LOS FRUTOS DEL LIBERALISMO ESPAÑOL EN EL SIGLO XIX. Gota a Gota (Madrid), 2009, 303 páginas.
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Los restos de la "Alianza de Civilizaciones"

Artículo de Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) y profesor de Historia Contemporánea de la UNED sobre el pomposo y plúmbeo proyecto conocido como "Alianza de Civilizaciones", respuesta del presidente iraní Jatamí, en 1.998 (llamada entonces "Diálogo entre civilizaciones"), a la idea de Samuel Phillips Huntington del choque de civilizaciones. Rodríguez Zapatero se unió con gran entusiasmo a la misma en la 59ª Asamblea General de la ONU, el 21 de septiembre de 2.004 y, recientemente, el PP, en boca, al menos de su portavoz de Exteriores del PP, Gustavo de Arístegui, parece ser así, manifestó no disgustarle (el inefable Moratinos invitó, de hecho a Arístegui, a participar en la Cumbre de la Alianza en Río de Janeiro, en 2.010, una excelente oportunidad, es de suponer, para degustar vieiras, foie y esculpido de caviar a cuenta del bolsillo del sufrido contribuyente).
El autor afirma que con buenas intenciones no se cambia la realidad, sin embargo, puede que sea muy cuestionable hablar de ingenuidad en el caso de Zapatero. El presidente del gobierno progre que padecemos ya ha dado muestras sobradas de una fobia patológica hacia todo lo relacionado con los valores liberales de Occidente y esta iniciativa (del régimen de los ayatolás, no hay que olvidarlo), basada en la autoinculpación y la relativización de dichos valores, no en "alianza" alguna es un primer paso para comenzar a erradicarlos poco a poco.
Los restos de la «Alianza de Civilizaciones»
Por Florentino Portero
Diario de América
¿Qué queda de la Alianza de Civilizaciones que el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero presentó en Naciones Unidas al poco de llegar a la Moncloa? Sobre todo, una cuenta más a pagar.
Lo planteó como la alternativa a la tesis de Huntington sobre la inminencia de una colisión entre culturas. ¿Están hoy más próximas? No. Huntington tenía razón. No es que él lo deseara, como en ocasiones ha dado a entender nuestro presidente, es que observaba la deriva y acertó al advertir de la inminencia del choque. La Alianza no ha servido para acercar posiciones, sino para facilitar la defensa de las tesis islamistas, eso sí a cargo del contribuyente español.
Las simpatías despertadas en Occidente han sido mínimas, de ahí el limitado relieve de sus actos. Los europeos tienen suficientes foros de diálogo con el islam. Lo que quieren encontrar es voluntad de avanzar en la defensa de los derechos humanos, la educación, la igualdad, el respeto a la mujer, la sanidad, los mercados abiertos... en sus estados y la integración de las comunidades musulmanas en los nuestros. Y ambos objetivos están lejos de cumplirse. Tras el referéndum suizo sobre los minaretes se han realizado encuestas en diferentes países europeos con resultados preocupantes. En Francia el 46% de la población está en contra de la construcción de minaretes y más del 40 se opone a que se inauguren nuevas mezquitas. En Alemania tres de cada cuatro personas reconoce temer la expansión del islam y en Berlín el 40% rechaza la erección de nuevos minaretes.
El diálogo con el islam es uno de los temas claves de la agenda política y diplomática de nuestro tiempo, pero debe hacerse desde fundamentos bien distintos. No se trata de ceder desde el relativismo y el sentimiento de culpa, sino de buscar el entendimiento desde el respeto a los derechos humanos y la obediencia a la ley.
El referéndum suizo nos interesa porque refleja uno de los problemas que van a caracterizar la vida europea durante las próximas décadas: ¿cómo preservar la identidad occidental ante una inmigración musulmana que no siempre quiere o logra integrarse? La respuesta no está ni en los minaretes ni en los musulmanes, sino en la conciencia de una Europa decadente que rechaza sus valores y se entrega a un estéril relativismo.
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No fumes, camarada, tu cuerpo es propiedad del Estado

El adjunto al presidente de la Federación Española de Hostelería (FEHR), José Luis Guerra, ha afirmado a Efeagro que la caída del consumo derivada de la crisis y la futura Ley Antitabaco provocarán unas pérdidas de 17.000 millones de euros para el sector, y ha precisado que sólo la norma puede provocar un descenso del 10 por ciento en la facturación de la restauración.
No es lo más grave, pero es un punto más en la ola de estatalismo e invasión del derecho a la propiedad privada que vivimos no sólo en España sino en toda Europa. ¿Qué capacidad se autoarroga el Estado para decidir lo que cada cual puede o no puede hacer en su propiedad? Aunque bares y restaurantes sean lugares abiertos al público, no obstante, tienen un propietario a quien, lógicamente, un fumador nunca podrá coaccionar para que se le permita fumar, si el primero no lo quiere así, ni, por el contrario, el no fumador no puede exigirle al propietario que prohíba fumar si se siente molesto por el humo que exhalen los fumadores allí presentes. A nadie obligan a punta de pistola a entrar en un local donde haya gente fumando.
El estatalismo nunca entenderá que el propietario de un local, por más que esté abierto al público no es quien debe adaptarse a los deseos de sus visitantes sino al contrario. Podría argumentarse que esta libertad del propietario así como de sus clientes fumadores chocaría con el daño a la salud que podrían ocasionar a otros que serían fumadores pasivos pero, aún así, habría que volver a lo antes dicho: nadie es obligado ni coaccionado para que entre en lugares frecuentados por fumadores.
Por otro lado, cada cual es dueño de si mismo. Limitar a alguien las posibilidades de encender un cigarrillo es violar su libertad. Más de uno afirmará que es una libertad que cuesta a las arcas públicas cerca de 7.700 millones de euros al año en gastos sanitarios. No obstante, al igual que la libertad aquí debe entrar en juego, también la responsabilidad de cada uno ha de hacerlo, tal y como debería ocurrir en el caso del consumo de otros tipos de drogas o en el del alcoholismo. Los tratamientos para enfermedades derivadas del tabaquismo deberían ser costeados por el propio fumador, puesto que él fue libre a la hora de comenzar o no a fumar. Aboliendo los impuestos sobre el tabaco, por supuesto.
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lunes 14 de diciembre de 2009
El fracaso de las consultas independentistas

Sólo un 30% de participación entre todos los municipios catalanes que organizaron consultas independentistas el pasado fin de semana habla bien a las claras del fracaso real de esta iniciativa de las fuerzas nacionalistas más radicales. Ello a pesar de lo burdo de estas consultas, en las cuales se permitió votar a menores de 16 y 17 años y a inmigrantes. El resultado fue de un 95% a favor de la independencia de Cataluña, sólo han entusiasmado, pues, los referéndums a independentistas. Ello pese al decidido apoyo de personajes como Carod Rovira, Joan Tardá o Joan Laporta.
Otro de los detalles que roza lo surrealista es la presencia de unos denominados "observadores internacionales"... miembros de otros partidos nacionalistas e independentistas: Oriol Junqueras (ERC); Xosé Manuel Beiras (BNG); Sebastián Colio (EA); y los batasunos Agurne Barrusa y Gaizka Amorrortu (ANV). No faltó ni siquiera la izquierda abertzale, como podemos ver. Entre los extranjeros, destacan Cristopher White (Partido Nacional Escocés), Jean Guy Talamoni (Córcega Libre), Daniel Turp (Partido Quebequés), Jean Jambon y Frida Brepoels (N-VA); Jill Evans (Plaid Cymru); Joe Reilly (Sinn Fein); Elio di Anna (Friul); Seppl Lamprecht (Partido Popular del Tirol del Sur); François Alfonsi (Partido de la Nación Corsa); Hector Cumilaf (Wallmapwuen); e incluso Eva Klotz (Partido de la Libertad) -hija de un conocido terrorista surtirolés.
La mayoría de catalanes ni piensan que Cataluña está muriendo ni se sienten machacados por el resto de España, como dice el presidente del FC Barcelona. Por este lado el fracaso de la iniciativa es claro. No tanto por la normalidad con la cual se ha celebrado, sin que ni el gobierno de Cataluña ni el de Zapatero hayan dicho esta boca es mía. Una minoría, aunque bastante ruidosa, eso sí, ha realizado con total tranquilidad y sin oposición alguna, el enésimo acto de presión y chantaje a fin de que el nuevo marco diseñado por el Estatuto, derogador de facto de la Constitución, sea aceptado con tal de evitar unos supuestos "malos mayores".
Un fracaso que no sólo es del nacionalismo
EDITORIAL en Libertad Digital
Apenas una semana después de que se celebrara el trigésimo primer aniversario de la Constitución española, el nacionalismo catalán ha organizado toda una serie de consultas populares en diversos municipios de la comunidad autónoma para plantear a los ciudadanos catalanes si desean que esta región se independice de España.
Este proceso, que pretendía convertirse en la punta de lanza de un chantaje al resto de españoles para que acepten la imposición de un nuevo marco institucional por la decisión unilateral de una parte de España, contó con el apoyo unánime de todo la plana mayor del catalanismo más radical, sin excepción alguna. Y pese a ello, el fracaso ha sido rotundo: apenas un 30% del censo llamado a votar, lo ha hecho. Similar porcentaje al que apoyó en las urnas el inconstitucional estatuto que lleva varios años atascado en el Tribunal Constitucional.
Será que, en efecto, una parte minoritaria de la sociedad catalana, una oligarquía, ha secuestrado política, económica y socialmente al resto de la sociedad para, gracias al victimismo nacionalista, vivir a costa de ella y del resto de España. Un proceso de dominación contra el que, sin embargo, sólo se han rebelado unos pocos grupos heroicos que contrastan con la mansurrona indiferencia del resto de ciudadanos. Una muestra más de que entre los catalanes se encuentran exacerbados los rasgos característicos de la España actual: su anestesia y complaciente aceptación del intervencionismo político en todos sus órdenes.
Desde luego, mal casa el discurso nacionalista de que Cataluña se encuentra oprimida por el resto de España y de que sus ansias independentistas son un clamor social con la muy baja participación que ha tenido una consulta a la que tanto bombo se le había dado y sobre la que tantas expectativas habían depositado los radicales.
Con todo, tampoco habría que caer en la trampa nacionalista de pensar que estas consultas celebradas fuera de la legalidad, controladas por los secesionistas y pensadas para influir sobre las instituciones comunes de todos los españoles, poseen algún tipo de relevancia política. Puede que el nacionalismo no haya obtenido un éxito completo porque las cifras no han acompañado, pero desde luego sí ha logrado un éxito parcial derivado de la mera celebración de las consultas con la aquiescencia de los gobiernos español y catalán.
Sólo con el hecho de que haya imperado la "normalidad" en un acto dirigido a subvertir el régimen de libertades que permite su celebración, los catalanistas ya han obtenido el éxito mediático que buscaban para seguir cabildeando al PSOE y, a través de él, al Gobierno de la nación. La oligarquía catalana, minoritaria, alcanza buena parte de los objetivos que ambiciona y que explican su razón de ser: lograr una influencia sobre la vida del conjunto de los españoles muy superior a la que dictaría su representatividad dentro de la nación.
Porque, no debe olvidarse, este tipo de consultas se celebran presuponiendo que la nación española, la base del régimen constitucional, no existe: justo donde quiere llegar el nacionalismo. Pues tan inaceptable sería que un 30% de los catalanes decidiera sobre cuáles deben ser las pensiones de los gallegos como que ese 30% quiera modificar a su gusto la configuración y la legalidad del Estado español. Si se trocea la ciudadanía, se trocean las libertades: cualquier minoría de ciudadanos podría entonces escindirse y convertirse en una mayoría que pueda explotar a las nuevas minorías resultantes.
Ese era el fundamento inaceptable de la consulta que no ha sido atacado de manera suficiente por nuestras instituciones. De ahí que, sobre todo, ayer fracasara un régimen político que no ha sabido frenar el crecimiento del nacionalismo y que haya degenerado una partitocracia que más que combatir a quienes pretenden acabar con las libertades que supuestamente garantiza ese régimen, se alían entusiastas con ellos para así permanecer en el poder en lo que quede de España.
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El socialismo mata
El socialismo mataPor Carlos Alberto Montaner
Diario de América
Swaminathan Aiyar es un notable economista hindú que ha sacado una cuenta muy incómoda. Se le ocurrió medir el enorme precio que pagó la población de la India por no haber hecho antes la reforma económica que hoy mantiene en su país un ritmo de crecimiento que excede el 7% anual, reduce vertiginosamente el porcentaje de pobres y mejora sustancialmente la calidad de vida de los más necesitados. Los números son impresionantes: no haber hecho la reforma con antelación provocó la muerte de 14.5 millones de niños, mantuvo a 261 millones en el analfabetismo y a otros 109 por debajo de los límites de la pobreza. El estudio lo acaba de publicar el Cato Institute de Washington y se titula El socialismo mata.
Los latinoamericanos deberían aprender de esta experiencia. No hacerlo, además de un crimen, es una estupidez casi perfecta. El ejemplo es muy claro: en la India ha habido dos grandes modelos de desarrollo. Entre 1947 y 1981 se ensayó la fórmula de la economía estatizada, dirigida por una enorme burocracia gubernamental, intensamente proteccionista, hostil a la empresa privada y a las inversiones extranjeras, convencida de las ventajas del desarrollo hacia dentro. El resultado de esa etapa socialista fue un crecimiento anual promedio de 3.5 que, cuando se descontaba el aumento de la población, quedaba reducido al 1.49.
Mientras los hindúes seguían esa senda socialista, tan parecida a los ensayos latinoamericanos, desde el peronismo hasta el chavismo, otros pueblos asiáticos --primero Taiwan, Corea del Sur, Hong-Kong, Singapur, luego Tailandia, Malasia e Indonesia-- tomaron el camino contrario: abrieron sus economías, alejaron al gobierno del aparato productivo y fomentaron la iniciativa privada. En otras palabras, liberalizaron decididamente sus economías. Al cabo de apenas una generación, los resultados que exhibían eran pasmosos: disminución drástica de la miseria y la ignorancia, mejora en todos los índices de desarrollo humano y surgimiento de unos robustos sectores sociales medios.
Presionados por esa inocultable realidad, los hindúes hicieron su reforma y abandonaron las fallidas supersticiones del socialismo, primero tibiamente, y luego con mayor ímpetu comenzada la década de 1990, hasta llegar a convertirse hoy en un actor de primer rango internacional que compite en precio y calidad con la China, a la que comienza a disputarle la condición de gran fábrica del mundo. (No olvido la sorpresa de unos amigos que necesitaban contratar un servicio de ventas telefónicas en América Latina y acabaron pactando con la sucursal de una compañía hindú radicada en Cochabamba, Bolivia.)
Es importante que los economistas latinoamericanos saquen la cuenta de cuánto nos cuestan los experimentos socialistas en sangre, sudor y lágrimas. Cuánto han pagado y pagan los argentinos por los tercos experimentos del peronismo. Cuál fue la inmensa factura pagada por la sociedad peruana durante la locura de Velasco Alvarado, la nicaragüense con el sandinismo o Cuba con su medio siglo de estalinismo.
La medición podía hacerse a partir de la experiencia chilena: ¿qué hubiera pasado en toda América Latina si los pueblos de nuestra cultura hubieran hecho una reforma económica como la llevada a cabo por los chilenos, iniciada durante la dictadura de Pinochet, pero sabiamente mantenida por los gobiernos de la democracia? En 1959, por ejemplo, Cuba tenía un tercio más de ingreso per cápita que Chile y más o menos la misma población. Hoy Chile triplica el ingreso de los cubanos, su población es un treinta por ciento mayor, y el país sudamericano se ha convertido en la secreta meta y destino de miles de cubanos que han conseguido instalarse allí, incluidos unos cuantos hijos de la clase dirigente convencidos de que el barco de los hermanos Castro se va a pique a corto o medio plazo.
¿Somos capaces los latinoamericanos de aprender en cabeza ajena? Con algunas dificultades, parece que sí. Perú, por ejemplo, es hoy el país que más crece en el continente, y eso se debe a que, de manera creciente, los últimos tres gobiernos peruanos han tenido el sentido común de inspirarse en el vecino Chile y abandonar paulatinamente las viejas prácticas del socialismo estatista. Eso significa menos pobreza y mejores estándares de vida para la inmensa mayoría de la sociedad. Sin embargo, lamentablemente, la racionalidad sigue siendo un bien escaso en nuestro mundo. Mientras los peruanos, como los chilenos, se mueven en la dirección que dicta la experiencia, Hugo Chávez y sus cómplices del socialismo del siglo XXI reinciden en el disparate. Insisten en hacerles daño a sus conciudadanos, convencidos de que los guían en la dirección de la gloria. No se han enterado de que el socialismo mata.
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Premio Diario de un adolescente liberal 2009

sábado 12 de diciembre de 2009
Antiliberales (XI): John Rawls (1921-2002)

Por Gorka Etxebarría
liberalismo.org
Uno de los escasos pensadores de izquierdas que merecen cierta atención es, sin duda, el norteamericano John Rawls. En 2002 murió este filósofo norteamericano dejando un legado que, sin lugar a dudas, podemos calificar de socialdemócrata. Sus obras, entre las que destacan, “La teoría de la justicia” y “Liberalismo Político”, como veremos, intentaron justificar lo injustificable: el estado del bienestar.
Sin embargo, y a pesar de las excelentes críticas que le han dedicado autores liberales de la talla de Anthony de Jasay, Anthony Flew, David Conway, Eric Mack o Robert Nozick, hay quien aún persiste en hallar un trasfondo pro-capitalista en este autor. Por ello trataremos de resumir las ideas esenciales de Rawls, para concluir que, al igual que otros célebres socialistas, sus ideas son ilógicas a la par que insostenibles.
Según Revel el motor que mueve el mundo es la mentira. En cambio, para el autor de “La teoría de la Justicia”, es el estado del bienestar. Motivado por el deseo de justificar ese sistema expropiatorio que quita a unos para dar a otros en nombre del bien común, Rawls se inventó un escenario en el que testar sus ideas. Partió de un velo de la ignorancia, es decir, de una situación en la que todos los ciudadanos desconocen su posición en la sociedad, en base a lo cual, deciden qué normas deben regir la vida en común. En ese estado, supone, que las personas decidirán aceptar una serie de principios que les protejan en caso de fracasar. En suma, adoptarán la libertad pero con los condicionantes propios de la socialdemocracia. Como correctamente se cita en el ensayo que criticamos, Rawls sostiene que “las desigualdades económicas y sociales han de estar estructuradas de manera que sean para: a) mayor beneficio de los menos aventajados, de acuerdo con un principio de ahorro justo (principio de diferencia) y b) unidos a que los cargos y las funciones sean asequibles a todos, bajo condiciones de justa igualdad de oportunidades”.
Por tanto, parece evidente que, si se aplicaran tales principios, se justificaría cualquier atropello al derecho de propiedad y a la libertad. Pero aún asumiendo que no existiera contradicción en estas ideas, cosa que me atrevo a poner en duda, habría que explicar cómo es posible que unas personas que no saben nada de su futuro vayan a asumir unas normas que pueden ir en su contra. Si un individuo se siente capaz aunque no sepa cómo acabará en la vida, es posible que no acepte tales principios. Además, aun asumiendo que no se diera este caso y todos aceptaran los principios rawlsianos, esto no conllevaría que las ideas de este autor fueran justas.
Para Rawls, los ciudadanos son meros peones que juegan al póker y eligen no apostar porque creen que las cartas de sus compañeros de mesa son mejores que las suyas. Mas la vida no es un juego de suma cero, donde cuando uno gana el otro pierde. Los que defendemos el libre mercado sabemos que cada vez que alguien prospera hace partícipes a los demás de sus éxitos y les permite mejorar su bienestar. Desde Edison hasta Bill Gates, todos los inventores del mundo nos han brindado el resultado de sus mentes. En cambio, hay quien, como Rawls, todavía considera que la libertad es dañina para la sociedad en la medida en que crea diferencias sociales y cercena la libertad de oportunidades. Si alguien crea, produce o inventa, el resultado de su creatividad es claramente suyo. Quien diga lo contrario, tiene que demostrar que esa idea o producto ha sido robado a otro. De lo contrario, sólo debe callar a menos que quiera quedar ante los demás como un envidioso.
Y ya que mencionamos la envidia, en este sentido, podemos acabar el artículo citando al filósofo George Walsh quien señaló que “aparte del estricto igualitarismo no existe otra teoría de la justicia que se base más en la envidia que la de Rawls y, en consecuencia, de todas las defensas del Estado del bienestar basadas en los principios de la igualdad no hay ninguna que simpatice más a los intereses de la envidia o que más radicalmente promueva sus intereses”. No es de extrañar que Walsh sostuviera esta tesis puesto que para Rawls, “la afirmación de que es justo para un hombre exclusivamente poseer y beneficiarse del superior carácter que le permite hacer el esfuerzo de cultivar sus habilidades es... problemática; porque su carácter depende, en gran parte, de una familia afortunada y de circunstancias sociales sobre las que él no tiene ningún control”.
El poso que deja el endiosado profesor de Harvard es desolador. Desprecia la libertad como otros odian la vida. Pertenece por ello, a esa turba de enemigos de la libertad que arropados tras la demagogia abrazaron la sumisión. Sus ancestros, Platón, Rousseau o Marx, seguro que le hubieran recibido con los brazos abiertos. Entre los críticos de la sociedad abierta, no duden de que Rawls tendría un lugar destacado. A pesar de la tristeza que produce soportar el discurso del esclavismo, todavía nos queda la esperanza de que en sitios como en Red Liberal siga viva la llama de la libertad y que autores como Hume, Hayek, Mises o Nozick sean leídos con el mismo placer que se deriva de la búsqueda de la verdad y de una vida sin amos.
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Liberales (XI): Frederic Bastiat (1801-1850)

Economista francés, legislador y escritor, fue un auténtico paladín de la propiedad privada, el libre mercado y el gobierno limitado. Posiblemente sea el mejor divulgador que jamás haya tenido el libre mercado. La idea principal de la obra de Bastiat fue que el libre mercado era inherentemente una fuente de "armonía económica" entre los individuos, siempre que el gobierno se limitara a proteger las vidas, libertades y propiedad de los ciudadanos.
Posiblemente la idea de Bastiat que más ha permanecido es la que explicó con la falacia de la ventana rota, y que consiste en que para determinar si una medida es buena o mala, han de mirarse sus consecuencias a largo plazo para toda la población, y no sólo las que tienen lugar a corto plazo para una parte de la misma. La falacia consiste en pensar que un niño que rompe jugando el vidrio de una tienda está realizando una acción buena para la economía, pues el dueño de la misma deberá gastarse un dinero en reemplazarlo, dando empleo al cristalero, el cual a su vez con el dinero recibido dará empleo a otros, etc. Sin embargo, esa línea de pensamiento no tiene en cuenta que, de no haber tenido el cristal roto, el tendero hubiese gastado su dinero en otra cosa, con lo que al final habría servido para dar empleo a otros que, además, habrían producido cosas nuevas y no una reconstrucción de algo que ya había antes. Esta falacia se ha repetido después en los economistas que consideran que una guerra es buena para la economía de un país.
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"Cuando la ley y la moral se contradicen una a otra, el ciudadano confronta la cruel alternativa de perder su sentido moral o perder su respeto por la ley".
"El estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás".
"En la guerra, el fuerte se impone al débil; en los negocios, el fuerte imparte fortaleza al débil".
"La gente empieza a darse cuenta de que el aparato del gobierno es costoso. Lo que aún no ven es que el peso recae sobre ellos".
"La vida, la libertad y la propiedad no existen por razón de leyes hechas por el hombre. Por el contrario, el hecho es que la vida, la libertad y la propiedad existen con anterioridad a aquello que hizo a los hombres hacer leyes por primera vez".
"Los planes difieren, los planificadores son todos iguales".
"Si (como piensan los socialistas) la tendencia natural de los seres humanos es tan mala que no resulta seguro permitir la libertad de la gente, ¿cómo es que la tendencia de estos organizadores es siempre tan buena?".
"Si las mercancías no pueden cruzar las fronteras, lo harán los soldados".
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El Estado
Por Frédéric Bastiat (1801-1850)
Traducido por Alex Montero
liberalismo.org
Yo quisiera que se creara un premio, no de quinientos francos, sino de un millón, con coronas, cruz y cinta en favor de aquél que diera una definición buena, simple e inteligible de esta palabra: El Estado.
¡Qué inmenso servicio proporcionaría a la sociedad! ¡El Estado! ¿Qué es? ¿Dónde está? ¡Qué hace? ¿Qué debería hacer?
Todo lo que nosotros sabemos es que es un personaje misterioso, y seguramente el más solicitado, el más atormentado, el más atareado, el más aconsejado, el más acusado, el más invocado y el más provocado que hay en el mundo.
Porque, Señor, no he tenido el honor de conocerle, pero yo apuesto diez contra uno a que después de seis meses Usted hace utopías, y si Usted hace utopías, apuesto diez contra uno a que Usted encarga al Estado de realizarlas.
Y Usted, Señora, estoy seguro de que desearía en el fondo de su corazón curar todos los males de la triste humanidad y que Usted no estaría de ningún modo molesta si el Estado quisiera solamente prestarse a ello.
[...]
El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo.
Porque, hoy como en otros tiempos, cada uno, un poco más, un poco menos, quisiera aprovecharse del trabajo de otro. Este sentimiento no se osa exhibirlo, se disimula a sí mismo; ¿y entonces qué se hace? Se imagina un intermediario, se envía al Estado, y cada clase por turno viene a decirle: "Usted que puede tomar lealmente, honestamente, tome del público y compartiremos". ¡Ay! El Estado no tiene más que inclinarse a seguir el diabólico consejo; porque está compuesto de ministros, de funcionarios, de hombres en fin, quienes, como todos los hombres, llevan en el corazón el deseo y toman siempre con ardor la ocasión de ver agrandarse sus riquezas y su influencia. El Estado, pues, comprende de prisa el partido que puede sacar del papel que el público le ha confiado. Será el árbitro, el amo de todos los destinos: tomará mucho, luego se dejará mucho a sí mismo; multiplicará el número de sus agentes, ensanchará el círculo de sus atribuciones; terminará por adquirir proporciones aplastantes.
Pero lo que falta señalar es la asombrosa ceguera del público en todo esto. Cuando los soldados victoriosos reducen a los vencidos a esclavitud, han sido bárbaros, pero no han sido absurdos. Su meta, como la nuestra, fue vivir a expensas del otro; pero, como a nosotros, no les falló. ¿Qué debemos pensar de un pueblo donde no parece sospecharse que el pillaje recíproco no es menos pillaje porque sea recíproco, que no es menos criminal porque se ejecute legalmente y con orden, que no se ajusta para nada al bienestar público, que lo disminuye por el contrario tanto como cuesta este intermediario dispendioso que llamamos Estado?
Y a esta gran quimera la hemos colocado, para edificación del pueblo, en el frontispicio de la Constitución. He aquí las primeras palabras del preámbulo: "Francia se constituye en República para? llamar a todos los ciudadanos a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar."
Así, es Francia o la abstracción quien llama a los franceses o las realidades a la moral, al bienestar, etc. ¿Hay que abundar en el sentido de esta bizarra ilusión que nos lleva a todos a esperar otra energía que la nuestra? ¿Hay que dar a entender que hay, al lado y fuera de los franceses un ser virtuoso, esclarecido, rico, que puede y debe verter sobre ellos sus beneficios? ¿Hay que suponer, y por cierto muy gratuitamente, que hay entre Francia y los franceses, entre la simple denominación abreviada, abstraída, de todas las individualidades y de estas individualidades mimas, relaciones de padre a hijo, de tutor a pupilo, de profesor a escolar? Sé bien que se dice a veces metafóricamente: La patria es una madre tierna. Pero para atrapar en flagrante delito de inanidad a la proposición constitucional, es suficiente mostrar que puede ser invertida no solo diría que sin inconveniente, sino incluso con ventaja. ¿La exactitud sufriría si el preámbulo hubiera dicho:
"Los franceses se han constituido en República para llamar a Francia a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar"?.
Ahora bien, ¿cuál es el valor de un axioma en el que el sujeto y el predicado pueden cambiar de sitio sin inconveniente? Todo el mundo comprende cuando se dice: la madre amamantará al niño. Pero sería ridículo decir: el niño amamantará a la madre.
Los estadounidenses se hacían otra idea de las relaciones de los ciudadanos con el Estado cuando colocaron a la cabeza de su Constitución estas simples palabras:
"Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer a la defensa común, acrecentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad a nosotros mismos y a nuestra posteridad, decretamos, etc."
Aquí el punto de creación quimérica, punto de abstracción a la que los ciudadanos piden todo. No esperan nada más que de ellos mismos y de su propia energía.
Si se me permite criticar las primeras palabras de nuestra Constitución, no hace más, como se podría creer, que una pura sutileza metafísica. Pretendo que esta personificación del Estado ha sido en el pasado y será en el provenir una fuente fecunda de calamidades y de revoluciones.
He aquí el Público de un lado, el Estado del otro, considerados como dos seres distintos, éste teniendo que entregar a aquél, aquél teniendo derecho a reclamar de éste el torrente de felicidades humanas. ¿A qué debe llegarse?
Al hecho de que el Estado no es manco ni puede serlo. Tiene dos manos, una para recibir y otra para dar, dicho de otro modo, la mano ruda y la mano dulce. La actividad de la segunda está necesariamente subordinada a la actividad de la primera.
En rigor, el Estado puede tomar y no dar. Esto se observa y se explica por la naturaleza porosa y absorbente de sus manos, que retienen siempre una parte y algunas veces la totalidad de lo que ellas tocan. Pero lo que no se ha visto jamás ni jamás se verá e incluso no se puede concebir es que el Estado dé al público más de lo que le ha tomado. Es luego muy loco que tomemos alrededor de él la humilde actitud de mendigos. Es radicalmente imposible conferir una ventaja particular a algunos individuos que constituyen la comunidad sin infligir un daño superior a la comunidad entera.
[...]
En cuanto a nosotros, pensamos que el Estado no es o no debería ser otra cosa que la fuerza común instituida no para ser entre todos los ciudadanos un instrumento de opresión y de expoliación recíproca sino, por el contrario, para garantizar a cada uno lo suyo y hacer reinar la justicia y la seguridad.
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La falacia de la ventana rota
Por Frederic Bastiat
El Cato.org
Un chico algo travieso, tira un ladrillo contra la ventana de la panadería de su barrio y la destroza. El panadero sale furioso a la calle, pero el chico ya se ha ido.
Rápidamente comienza a reunirse un grupo de curiosos que observan los restos de la vidriera sobre los panes y las facturas del local. Algunos de los curiosos comienzan a filosofar acerca del hecho y expresan que, después de todo, esta desgracia puede tener su lado bueno: significará una ganancia para algún vidriero.
¿Cuánto cuesta un nuevo vidrio? ¿100 pesos? No es una suma tan importante. Además, si los vidrios nunca se rompiesen ¿Qué pasaría con los negocios de vidriería?
El razonamiento continúa. El vidriero tendrá $100 más para gastar en otras cosas y esto a su vez hará que otros gasten esos $100 y así hasta el infinito.
La "ventana rota", va a ir generando dinero y empleos en forma de espiral y la muchedumbre concluirá, entonces, que el chico travieso lejos de ser una amenaza pública, se ha convertido en un benefactor social!.
Hasta aquí la historia, pero veamos el caso desde otra perspectiva.
La multitud estaba en lo cierto al menos en algo: la ventana rota implicará más ganancia para algún vidriero, quien seguramente, se pondrá muy feliz gracias a este pequeño acto de vandalismo. Pero ¿Qué sucede con el panadero?
El panadero tendrá $100 menos para gastar, por ejemplo, en comprarse un traje nuevo.
Debido a que tuvo que reponer su vidriera, se quedará sin su traje nuevo (o cualquier otra cosa que hubiese deseado adquirir). En lugar de tener una ventana y $100, ahora sólo tiene la ventana. Más bien, como él pensaba ir a comprarse el traje esa tarde, en lugar de tener ambas cosas, la ventana y el traje, deberá contentarse con tener solamente la ventana.
Si pensamos en el panadero como miembro de la comunidad, la misma ha perdido la posibilidad de tener un nuevo traje que de otra forma hubiese existido, es decir que en este sentido: se ha empobrecido (carece de algo que necesitaba).
La ganancia que obtiene el vidriero, no es otra cosa que la pérdida que tiene ahora el sastre. Ningún nuevo "empleo" ha sido creado.
La multitud solamente estaba pensando en 2 partes de la transacción: el panadero y el vidriero.Se olvidaron de la 3a parte potencial involucrada en ella: el sastre.
Ese olvido se debe precisamente a que el sastre nunca entró en escena.
La gente verá la nueva ventana colocada al día siguiente. Lo que nunca verán es el traje nuevo, simplemente porque nunca será confeccionado.Ven solamente lo que es inmediatamente visible a sus ojos.
Esta "Falacia de la ventana rota", bajo innumerables disfraces ha sido una de las más persistentes en la historia de la economía.
Es solemnemente reafirmada cada día por grandes capitanes de la industria, cámaras de comercio, lideres sindicales, editorialistas y periodistas radiales, expertos en estadísticas y profesores de economía de las mejores universidades.
Artículo adaptado originalmente al castellano por el Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP) para su serie: Ideas de Libertad.
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Los subvencionados y quienes que les pagamos la subvención: la nueva lucha de clases
Hoy, en Madrid, los sindicatos subvencionados UGT y CC.OO., acompañados de algunos de los principales miembros del igualmente subvencionado colectivo de la zeja, han protagonizado un acto que confirma que, en efecto, la lucha de clases está vigente. La única salvedad y diferencia con respecto a la preconizada por el marxismo es quiénes son los actores de la misma: en la actualidad estaría protagonizada, por un lado, por subvencionados y, por otro, por aquellos que, vía impuestos, hemos de pagarles la subvención.
No obstante, los subvencionados (les va el cuchareo en ello) intentan denodadamente hacernos creer que aún existe una lucha de clases patrono-obrero. Para ello, organizan una manifestación en Madrid bajo el lema "Que no se aprovechen de la crisis. El trabajo lo primero. Por el diálogo social". Sin embargo, no hay noticias de que la "mani" haya ido contra ellos mismos, contra el resto de subvencionados ni contra el gobierno progre que padecemos... a fin de cuentas, quienes, precisamente, más están aprovechándose de la crisis.
Con la que está cayendo hoy día, los subvencionados retrotrajeron sus recuerdos hasta Aznar, a quien Cándido Méndez, el secretario general de UGT, acusó de implantar el "despido exprés". Es evidente: la culpa de que Zapatero haya destrozado la que en 2.004 era una de las mejores economías de Europa es de Aznar, de Esperanza Aguirre, del PP y de los empresarios, incluido el pequeño empresario que, a trancas y barrancas, intenta no tener que cerrar su pequeñita empresa. La realidad es que durante el gobierno del PP quedó demostrado que una política liberal era viable en España para alcanzar unos niveles de cerecimiento nunca vistos hasta entonces, algo que los subvencionados, desde su punto de vista ideológico no podían consentir. De ahí la huelga general de 2.002, cuando la tasa de desempleo estaba entre las más bajas de nuestra historia, y de ahí que ahora, con más de cuatro millones de parados y un imparable deterioro social en todos los aspectos, gobierno y subvencionados se encuentran en franca comunión.
Hasta la actualidad, una manifestación de este cariz peroniano era más propia de Cuba, Venezuela o de la actual Argentina kirchneriana más que de cualquier país europeo, no sólo España. Los subvencionados, estos ungidos, abroncan, como "culpable de la crisis", al pequeño empresario que cierra su negocio, pierde su patrimonio y se va al paro o a la economía sumergida, para así poder recrear su imaginario decimonónico... en pleno siglo XXI. Méndez ya descubrió hace unos meses la fórmula mágica para evitar el aumento del paro: que las empresas no despidan empleados (como si prescindir de personal fuera una especie de "divertimento" de los empresarios). Desde luego, ya que para ellos parece existir la lucha de clases según fue definida por el marxismo, es curiosa y sorprendente la ignorancia de esta gente acerca de los principios de su propia ideología. Para Marx, existe un valor, el plusvalor o plusvalía, que el trabajo no pagado del obrero asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo y que se apropia gratuitamente el empresario capitalista quien, por tanto, saldría siempre ganando. Según la teoría marxista, el empresario, al obtener siempre beneficios apropiándose de una parte del valor del trabajo de su empleado, obviamente, lo que pretendería sería contratar cada vez más trabajadores... ¡no despedirlos! puesto que, a mayor número de trabajadores, mayor beneficio.
Ir contra los empresarios... eso sí, teniendo como portavoces a potentados empresarios como José Manuel Monzón, alias "El Gran Wyoming", o Pilar Bardem, acompañada de la actriz Asunción Balaguer, otros especímenes dentro del género común de los subvencionados, pero a quienes, igualmente, debemos el resto de los mortales debemos pagarles. El supuesto humorista de "La Sexta" dijo que "si la movilización hubiera sido contra el aborto el recuento habría arrojado 14 ó 15 millones de personas". Los actores de la zeja calificaron a los empresarios como "pirómanos" que ahora pretenden "apagar el fuego" de la crisis con recetas que, según ellos, van en contra del pueblo y con las que sólo buscan su propio beneficio. No como los miembros del colectivo de la zeja que, como todos sabemos, son unos filántropos que todo lo hacen por el bien del género humano. La mayoría de ellos, sin ir más lejos, viven en comunas, como por todos es sabido...
Ni unos ni otros parecen haberse enterado de que ni es el Estado ni son ellos, subvencionados sindicatos complices de la desastrosa política zapateril y titiriteros de la zeja, los que crean empleo y riqueza, sino los empresarios y trabajadores. Aquellos, tanto empresarios como trabajadores, que tan castigados están siendo por la forma de dirigir, de facto, la política económica que están ejerciendo los sindicatos.
Una lucha de clases, la actual, bastante desigual: los subvencionados cuentan con el gobierno progre que padecemos, BOE en mano. Los que les mantenemos, por contra, con nada, aparte de la obligación de pagarles religiosamente y mantenerles lleno el pesebre.
El procejariado se va de manifa
Pablo Molina
Libertad Digital
De traca, amigos, de traca con trueno final bien gordo. Así que para protestar por la crisis económica los sindicatos horizontales (es la posición más cómoda para recibir inyecciones, más aún si son de fondos públicos) van a organizar un festejo prenavideño acusando a los empresarios de los problemas de nuestra economía. La escena es tan surrealista que sólo se puede dar en la España de Zapatero, no porque en otros lugares el sindicalismo de clase (alta) no insulte a la inteligencia y el bolsillo del resto de trabajadores, sino porque fuera de nuestras fronteras lo hacen con más discreción.
Aquí se despelotan sin ningún pudor y convocan una manifestación contra los enemigos seculares del proletariado, sin tener en cuenta que la famosa lucha de clases pasó a la historia y lo que queremos los trabajadores no es hacer la revolución sino un puesto de trabajo y un pisito en la costa como cualquier sindicalista liberado, vaya.
Con sus acciones, los sindicatos confirman que la batalla en el mundo actual ya no discurre entre empresarios y empleados, sino entre los que viven del dinero público y los que debemos financiar sus francachelas.
Y como adecuado colofón a un acto tan sublime estará de maestro de ceremonias el periodista preferido de Gallardón, que incluso es posible que haya rebajado su caché para aceptar ir a amenizar la fiestuki. Que no falte de nada. El alcalde de Madrid debería asistir también a la manifestación, junto a los comicastros del Partido, para protestar contra Esperanza Aguirre, culpable junto a los empresarios de que Zapatero haya destruido nuestra economía a una velocidad nunca vista en un país civilizado. Total, salvo el PSOE, los sindicatos, el procejariado y Gallardón, que están libres de culpa por su condición de progresistas, los demás no sólo tenemos que financiarlos a todos sino escuchar también sus reprimendas.
Dicen que se van a manifestar contra los que se aprovechan de la crisis. Hombre, yo creía que se referían a ellos mismos, porque no hay nadie en España que esté aprovechándose con más intensidad de la actual catástrofe económica que los sindicalistas y el resto de subvencionados. Oiga pues no. Para estos detentadores de la moral pública, el pequeño empresario que cierra su negocio, pierde su patrimonio y se va al paro o a la economía sumergida es un enemigo al que hay que combatir del brazo del Gobierno socialista, que es el que maneja el BOE.
Y todos los demás, que financiamos su alegría reivindicadora, no sólo tenemos que seguir pagando sino aceptando con resignación la bronca de estos ungidos. Y sin rechistar, oiga, no sea que una patada perdida de kárate acabe impactando en nuestras costillas, que cosas más raras se han visto.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
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Convención Nacional del Liberado
FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
Libertad Digital
Pocos pero bien avenidos. Se ve que perpetran en comandita el crimen de vivir del cuento. Los sindicatos tienen, aparte del buen rollo populachero, vociferante y vulgar de sus liberados en la calle, mucha experiencia organizando manifestaciones. Conocen los tempos, los eslóganes, la traca final y la palabra justa para que los manifestantes se enciendan. La de hoy, sin embargo, no ha sido manifestación sino convención, la Convención Nacional del Liberado Sindical.
A la marcha, -larguísima, por cierto- han acudido los que tenían que hacerlo, los que viven de eso y algún que otro despistado que ha pasado de balde el sábado en Madrid, una golosina con la que los organizadores han engatusado a su clientela provincial. Hasta la capital han llegado centenares de autobuses desde todos los rincones de España en viaje nocturno para que los participantes estuviesen en orden de marcha a las 10 en punto de la mañana. Un lema, dos sindicatos y 17 comunidades autónomas. De lo primero poco, de lo segundo algo y de lo tercero mucho. Por el paseo del Prado, la Cibeles y la calle de Alcalá se han visto miles de banderas, pero ninguna de España, al menos de la España constitucional, la del 78, se entiende. De las otras, de las de la II República, 20 ó 30.
Miguel Ángel lleva una de esas banderas tricolores porque “es la verdadera del Estado Español, la otra, la del pollo, la puso Franco”. Empezamos bien, inasequible al argumento de que la rojigualda fue cosa de Carlos III hace tres siglos y pico, Miguel Ángel insiste, “que no, que el pollo es de Franco”. Desisto. Me meto entonces de Guatemala en Guatepeor. Mariví, que ha venido desde Cataluña lleva una señera con las siglas de CCOO impresas sobre la bandera. Me dice que la culpa es de “los que invierten en Bolsa” y se queda tan ancha.
Su compañera de manifa no me quiere decir como se llama porque luego sale en la prensa y ella, importantísima, no quiere que a mala uva los pérfidos periodistas “alteremos sus palabras”. Nuestra anónima manifestante no tiene dudas de cuál es el origen de todo: “el neoliberalismo y la lógica del capital y del beneficio, de los que anteponen el dinero a las personas ¿me entiendes?”. Mariví y la amiga me confiesan que, al terminar la manifestación, quieren acercarse a la Gran Vía “a comprar algo para la Navidad. ¿Sabes por dónde se va?”
La generación más joven, la que se incorporó al manifestódromo nacional cuando lo de la Guerra de Irak es de consigna simple pero segura, combinan en perfecta armonía el puño en alto y la Internacional con el Zara y la Visa Electrón. Busco en la calle de Alcalá, junto a unos valencianos que han montado una mascletá improvisada al lado de un andamio, alguien de cierta edad, de lo que, hayan trabajado al menos una vez en su vida. Esteban viene de Extremadura, ronda la cincuentena, tiene la cara partida por la intemperie y un Ducados abrochado en los labios que se diría que vino de serie cuando su madre le trajo al mundo, me dice que “los patronos aprovechan ahora esto de la crisis para echarnos. No están jodiendo pero vamos a joderles nosotros a ellos”. Poca teoría, mucha práctica, Esteban es de Comisiones de toda la vida y sabe lo que se trae entre manos, por de pronto ir al bar con dos compañeros para endilgarse un carajillo matinal, que en Madrid hace mucho frío.
Aparece el Gran Wyoming en escena. Aplauso, ovación cerrada, meneo de banderas. Algunos se ríen anticipadamente como si el presentador de La Sexta fuese a contar un chiste. Dos jóvenes detrás de mí exclaman: “es un crack”. Wyoming, al final, no cuenta el chiste porque allí, en la Puerta de Alcalá no tiene guión ni teleprompter. Entra Pilar Bardem, y luego una tal Asunción Balaguer, de la que desconocía su existencia hasta el día de hoy. La plaza se enfría, bajan las banderas y se leen doce puntos de una especie de manifiesto que, de aplicarse, solucionarían la crisis en un santiamén. Nadie tararea, básicamente porque no hay nada que tararear.
Pero no hay demasiado interés en el tema. Apenas 50 metros calle Alcalá abajo la manifestación se ha diluido en una calle peatonal con gente yendo y viniendo. En la plaza de Cibeles los aguerridos liberados se fotografían con la estatua de la diosa. Unos se atusan la chaqueta para salir guapos, otros, los más entregados, levantan el puñito y ponen cara de asaltante del Palacio de Invierno. Una joven pareja llegada desde Sevilla se fotografía por turnos subidos en el bordillo de la fuente. Me ofrezco cortésmente a hacerles una foto juntos, de luna de miel revolucionaria en la capital a cambio de que me digan por qué hacen esto. “Mola cantidad”, me responde él. “Es que somos comunistas y anticapitalistas”, replica ella muy convencida gesticulando con el móvil en una mano y las gafas de sol en la otra.
Ante tal lección de socialismo según Sony-Ericsson me pierdo por el paseo del Prado observando al personal. Las intervenciones continúan, pero con un público menguante que camina presuroso hacia la Gran Vía o la Puerta del Sol para aprovechar el viaje. No cabe un alma en los bares, en el Starbucks de Neptuno, sí, en el Starbucks, la cola para pedir llega hasta la calle y las banderas de plástico que minutos antes agitaban con tanta fruición están ahora en el suelo o clavadas en los parterres de flores. En esta manifestación de los sindicatos lo único sostenible han sido los bongos y los tambores de un grupo de perroflautas de las juventudes de CCOO. El resto, insostenible, plástico, furgonetas de propaganda y un dirigible de fotografía aérea para que quede constancia de un récord único en su especie y digno de pasar al Guinness: la mayor concentración de liberados sindicales de la historia.
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Jánuka

En estas fechas del mes de diciembre los judíos celebran la festividad de Jánuka, "la Fiesta de las Luminarias" en la que, durante ocho días, se conmemora la derrota de los helenos y la recuperación de la independencia judía a manos de los macabeos, así como la posterior purificación del Templo de Jerusalén de los iconos paganos, tras el milagro del candelabro, que ardió durante ocho días consecutivos con una exigua cantidad de aceite.
La festividad de Jánuka evoca la época de la hegemonía helénica en Israel, iniciada con la conquista de Alejandro Magno, en el año 332 a. de C. Cuando se corona como rey de Siria a Antíoco IV Epífanes (175 a. de C.), éste decide helenizar al pueblo de Israel, prohibiéndole así a los judíos poder seguir sus tradiciones y costumbres. Un grupo de judíos conocido como los macabeos (dado que su líder era Yehudá Macabi), comenzaron a rebelarse contra los soldados griegos, ya que se negaban a hacer actos que iban en contra de su propia religión. Tuvieron una lucha difícil, puesto que eran una minoría luchando contra el ejército griego. Sin embargo, sus estrategias, su decisión y fe les llevaron a lo que es el milagro de Jánuka, ganar pocos contra muchos. Cuando terminó la guerra, los macabeos regresan a Jerusalén, al Santo Templo, encontrándolo profanado y la menorá (el candelabro de siete brazos) apagado y con aceite ritualmente puro suficiente solamente para encenderlo por un sólo día. Tardaron ocho días en tener listo más aceite y, sin embargo, esa escasa cantidad que tenían mantuvo prendida la menorá durante los ocho días hasta que tuvieron más.
Durante esta festividad se prende una januquiá o candelabro de ocho brazos (más uno mayor). En la primera noche únicamente se prende el brazo mayor y una vela, y cada noche se va aumentando una vela, hasta el último día en el que todo el candelabro se enciende completo. Este hecho conmemora el milagro de que el aceite duró ocho días. Durante estos días de fiesta, los niños jugarán con el sevivon y se comerán levivot y sufganiot, tortas de patata y bolitas de masa rellenas de mermelada.
Desde aquí, FELICIDADES AL PUEBLO DE ISRAEL.
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viernes 11 de diciembre de 2009
Parafraseando a Ronald Reagan
Después de que Zapatero anunciara el jueves por enésima vez (a ver cuándo toca la próxima) el fin de la crisis económica, afirmando que España crecerá "con carácter inminente", cogiendo un "tren" que "aumentará su velocidad hasta adquirir la necesaria para recuperar la creación de empleo". (en la línea de todas sus "predicciones", propias de un futurólogo o un echador de cartas, a lo largo de este año: en abril que era muy probable que "lo peor haya pasado ya"; en mayo que "el deterioro de la economía española está tocando fondo"; en junio que "lo peor de la crisis ha pasado ya"; en agosto que "la fase más cruda de la crisis ha pasado ya"; en septiembre que "la fase más aguda de la crisis la hemos dejado atrás" y en noviembre que "lo peor de la crisis ha pasado"), Esperanza Aguirre ha tenido este viernes la ocasión, en la Asamblea de Madrid, de, parafraseando al gran Ronald Reagan (cuya defunción de sus ideales anunció el propio Zapatero a bombo y platillo en enero, embargado por el entusiasmo de la toma de posesión de Obama), recordar lo evidente: la recuperación no vendrá de la mano del gobierno progre que padecemos pues su presidente (aunque esto no lo dijera explicitamente la presidenta de la Comunidad de Madrid) en modo alguno está preocupado por la misma ni tiene interés alguno en encontrar soluciones. La crisis es, para él, una ocasión inmejorable para hacer ideología, implantando su proyecto radical-populista de ingeniería social de cara a modelar su soñada "sociedad socialista". Es una lástima que el resto de miembros del PP no hablen tan claro.
Preguntada por la portavoz de IU, Inés Sabanés, sobre los recursos públicos destinados a los desempleados, la presidenta recalcó que "los parados quieren un empleo, no un subsidio". "Y los empleos los crean los empresarios y ustedes siguen manifestándose contra los empresarios, mostrado su desprecio a los parados", indicó Aguirre, quien acusó además a la bancada de la oposición de ir de la mano de "sus compañeros de viaje los sindicatos" en una estrategia donde tienen "más interés en que mantenga su puesto su de trabajo una sola persona que tengan empleo 4 millones de personas que quiere recuperar el suyo", consideró.
Asimismo, recordó las palabras de un joven que en el Congreso de los Diputados arremetió recientemente contra los sindicatos: "Causa tristeza y pena que los sindicatos en vez de dedicarse a los defender a los desempleados, se dediquen a bailarle el agua a Zapatero. Parece que se le ha olvidado que en las comunidades donde gobiernan hay cuatro veces más parados que en la Comunidad de Madrid", añadió.
En efecto, "recesión es cuando tu vecino pierde su empleo, recesión es cuando tu pierdes el tuyo y recuperación es cuando Zapatero pierde el suyo", sólo cuando el presidente del gobierno progre que padecemos abandone su cargo habrá alguna esperanza de recuperación. El problema es si Rajoy y el resto de actuales dirigentes del PP están dispuestos a plantear la necesidad de una política de austeridad en el gasto público como la que ellos mismos llevaron a cabo a partir de 1.996, y que tan buenos resultados dió, o si se mostrarán temerosos ante el populismo de la orgía derrochadora zapateril, pese a sus nefastas consecuencias.
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Liberales y conservadores

Liberales y conservadores
Por Alicia Delibes
Publicado en el suplemento Ideas de Libertad Digital
"Siempre fue reducido el número de los auténticos amantes de la libertad; por eso, para triunfar, frecuentemente hubieron de aliarse con gentes que perseguían objetivos bien distintos de los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han resultado fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores". Con esta cita de Lord Acton abre Hayek el epílogo de Los fundamentos de la libertad, que lleva por título "¿Por qué no soy conservador?".
Hayek era profesor de Economía en la Universidad de Chicago cuando, en 1959, terminó de escribir Los fundamentos de la libertad, un libro que, según explicaba él mismo, nació de su intención de ofrecer al lector una reflexión personal sobre los principios liberales y la forma de aplicarlos en los distintos ámbitos sociales.
El economista austriaco, que confesaba sentirse más próximo a los conservadores que a los socialistas, antes de cerrar su tratado sobre la libertad quiso dejar claras las diferencias que para él existían entre esas dos filosofías, que él denominó, respectivamente, "realmente liberal" y "auténticamente conservadora".
Una de esas diferencias está en la actitud que conservadores y liberales tienen hacia el progreso, el conocimiento o la innovación. El conservador, dice Hayek, tiene tal terror a lo nuevo que va "siempre a remolque de los acontecimientos" y no ofrece jamás una alternativa política. Resulta, por tanto, inútil cuando sólo se puede mejorar una situación o resolver un problema con un cambio radical de dirección. El liberal, por el contrario, "nunca se ha opuesto a la evolución y al progreso. Es más, allí donde el desarrollo libre y espontáneo se halla paralizado por el intervencionismo, lo que el liberal desea es introducir drásticas y revolucionarias innovaciones".
Otra diferencia notable entre ambas filosofías está en las actitudes políticas de sus seguidores. Para Hayek, el conservador está siempre indefenso ante las confrontaciones ideológicas porque, en el fondo, siente repugnancia hacia las teorías abstractas.
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A diferencia del liberal, convencido siempre del poder y la fuerza que, a la larga, tienen las ideas, el conservador se encuentra maniatado por los idearios heredados. Como, en el fondo, desconoce la dialéctica, acaba siempre apelando a una sabiduría particular que, sin más, se atribuye.
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Esta ausencia de principios políticos es lo que, según Hayek, hace que el conservador tenga tendencia a acomodarse al pensamiento dominante, que a lo largo del siglo XX fue fundamentalmente socialista. Los conservadores no resultan un obstáculo cuando se avanza hacia el colectivismo; pueden, incluso, llegar a compartir, aunque siempre de forma moderada, todos los prejuicios y errores de su época.
Para el economista austriaco, muy distinta también es la postura que conservadores y liberales tienen ante la cuestión religiosa. El liberal rechaza tanto el torpe racionalismo del socialista como el misticismo en que con tanta frecuencia cae el conservador. El liberal rechaza soluciones de índole sobrenatural a problemas que la razón no acierta a comprender. Lo que para Hayek no significa que el liberal deba ser ateo: "El verdadero liberalismo no tiene pleito con la religión", y para él lo espiritual y lo temporal son esferas "claramente separadas que nunca deben confundirse".
Por último, Hayek muestra cierto recelo ante los gobernantes conservadores porque, según él, su terror a todo lo que es nuevo, su gusto por el orden y su incapacidad para comprender el mecanismo de las fuerzas que regulan el mercado hacen que puedan caer en el autoritarismo: "Los conservadores sólo se sienten tranquilos si piensan que hay una mente superior que todo lo vigila y supervisa; ha de haber siempre alguna "autoridad" que vele por que los cambios y las mutaciones se lleven a cabo "ordenadamente".
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El conservador, "como el marxista, considera natural imponer a los demás sus valoraciones personales", mientras que el liberal, "en abierta contraposición a conservadores y socialistas, en ningún caso admite que alguien tenga que ser coaccionado por razones de moral o religión". Al contrario que el conservador y el marxista, el liberal no cree que exista alguien con superioridad moral para decir a los demás lo que deben hacer o creer. Tal vez, dice Hayek, sea esa la razón que explica "por qué el socialista desengañado, con mucha mayor facilidad y frecuencia, tranquiliza sus inquietudes haciéndose conservador en vez de liberal".
A pesar de estas importantes diferencias, Hayek reconoce que el conservador, aunque resulte incapaz de cambiar la dirección del movimiento, puede servir de freno cuando se camina hacia el desastre al que puede conducir el colectivismo socialista.
He observado que últimamente los socialistas gustan de referirse al PP llamándole "el partido de los conservadores". Intencionadamente, quieren enviar el mensaje de que ya no queda en la derecha española nadie que quiera reivindicar los principios liberales. Y es que nadie puede haber más interesado que la izquierda socialista en sepultar esos brotes de liberalismo decimonónico (o "verdadero", que diría Hayek) que resurgieron en Occidente tras la caída del Muro de Berlín y que se habían perfilado en los últimos años del siglo XX como una fuerza política digna de tener en cuenta.
Los socialistas saben que su auténtico rival político, la única filosofía que se opone realmente a su igualitarismo colectivista, es la filosofía liberal. Precisamente por todas esas razones que apunta Hayek, los socialistas temen seriamente el repunte ideológico de un pensamiento que, por encima de las utopías igualitarias y colectivistas, ya sean nacionalistas, socialistas o nacional-socialistas, coloque siempre la libertad de los individuos.
Rodríguez Zapatero tiene un proyecto socialista para España, no busca soluciones a los problemas económicos, al destrozo de la educación, a las dificultades de nuestras relaciones internacionales, a los problemas de la justicia, a las dificultades, en fin, con las que día a día se tropiezan los españoles, lo que quiere es servirse de todos esos problemas para cambiar los principios morales de la sociedad española, para modificar la forma de pensar de los españoles, para hacer una España socialista.
Zapatero piensa que, aunque no resuelva los problemas de los españoles, si la oposición no es capaz de presentar una alternativa política que ilusione a los ciudadanos, puede todavía mantenerse mucho tiempo en el poder y realizar el cambio radical de la sociedad.
Pero Zapatero se equivoca si cree que en el Partido Popular ya no queda un solo liberal, se equivoca si cree que no queda nadie dispuesto a dar la batalla de las ideas, nadie capaz de pensar en alternativas políticas que pongan el interés de los individuos por delante de las reivindicaciones colectivistas. Se equivoca si cree que ya nadie confía en la capacidad de los individuos para que, con su esfuerzo y su trabajo, pueden salir y sacar al país de la de la crisis económica.
Existen liberales en el Partido Popular y existen liberales en España, bien es verdad que no muchos, pues, como dijo Lord Acton, "siempre fue reducido el número de los auténticos amantes de la libertad". Pero sucede que si hubo un tiempo en el que la derecha conservadora estaba acomplejada, ahora es la derecha liberal la que, aprisionada entre socialistas y conservadores, apenas se atreve a levantar la voz.
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Las mejores técnicas para practicar abortos

El siguiente texto, publicado en el blog de Elentir "Contando Estrelas", es bastante crudo, lo advierto: son algunas de las técnicas más utilizadas para practicar abortos desde la semana 13 hasta la semana 25 de gestación, es decir, dentro del plazo legal que el gobierno progre que padecemos quiere establecer para abortar de forma legal a un ser humano (hasta la semana 14) y más en concreto a los que sufran alguna discapacidad (hasta la 22).
Hay diversas formas para matar a un ser humano en función de su edad. Una técnica consiste en coger unas tenazas y comprimir el cráneo de la víctima hasta aplastarlo. Después, con esas mismas tenazas, se cogen las distintas partes del cuerpo de la víctima y se retuercen para posteriormente arrancarlas. Esta técnica produce bastante sangrado, claro. Una vez terminada la faena, se cogen los trozos de la víctima y se tiran a la basura. Otra técnica es bañar a la víctima en una solución de sal concentrada. Se consigue así un doble daño, pues la víctima además de ser envenenada al ingerir la solución salina sufre también dolorosas quemaduras en la piel provocadas por ese líquido. La víctima tarda casi una hora en morir, al cabo de la cual su cuerpo yace quemado y arrugado.
El método antes descrito también se usa cuando se mata a un ser humano mediante la técnica de las protaglandinas, si bien a veces se sustituye la sal por alguna toxina. Otra forma de matar a un ser humano a una determinada edad es coger una de sus piernas con unas grandes tenazas. Una vez sujeta la víctima, se le introducen unas tijeras en la parte posterior del cráneo. Una vez dentro, se abren las tijeras para agrandar la herida. A continuación se retiran las tijeras y a través de esa herida se inserta un catéter de succión en el cráneo para aspirar el cerebro de la víctima.
Ante esta realidad, es auténticamente demencial la intención de crear listas negras de objetores en la Sanidad Pública.
Los estudiantes de Medicina se negarán a estudiar cómo se practica un aborto: "Si hace falta que objetemos, objetaremos, si no nos lo permiten, nos negaremos a entrar a la clase en cuestión y si hace falta montar una huelga de hambre, la montaremos. Si no nos escuchan en nuestro país, iremos a Europa, a la ONU o a quien corresponda a instancias superiores, pues no seremos cómplices del asesinato de inocentes y de convertir un delito, un asesinato tipificado en el Código Penal en un ‘derecho’, que da, no sabemos bien, qué libertades, a la mujer. Creemos que todo lo contrario, el aborto limita a la mujer, elimina la responsabilidad del padre y abandona a la mujer".
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Chirigota censurada por burlarse de Bibiana
Para que algunos se hagan una idea del régimen que, desde hace 30 años, tenemos en Andalucía.
Muchas de las chirigotas del Carnaval de Cádiz se caracterizan por su mordacidad a la hora de ver la actualidad. Políticos de todos los partidos suelen ser blanco de sus corrosivas e hilarantes letras (la alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, sin ir más lejos).
Pero he aquí que con Chaves y el PSOE andaluz, lo más parecido al PRI mexicano que debe existir en toda Europa, han topado.
Este video, que he encontrado en el blog BAKER STREET 221B, corresponde a una chirigota censurada por Canal Sur y TVE1 por burlarse de la ministra de Igualdad Bibiana Aído, en concreto de sus escasos méritos y curriculum para llegar a tal puesto (limitados a ser becaria en Caja San Fernando y directora de la Agencia Andaluza del Flamenco), aparte, por supuesto, de los contactos políticos de su familia.
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